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AUTOBIOGRAFIA

Una vida en tres actos

I

El hecho de que una revista que se llama "Triunfo", por más señas, pida mi autobiografía podría llenarme de satisfacción y colmar mi vanidad. ¿Pero qué ha de contar de su vida un hombre con 66 años, nunca fuerte y que más que actor ha sido siempre espectador? Además, acaso ya he abusado del género autobiográfico, aunque no como espejo de mi mismo, sino de IQS que me rodeaban; pero mis memorias familiares se paran en 1956 y desde entonces pienso que he vivido de propina: una propina modesta, porque el tránsito de los 42 a los 66 años ha sido bueno desde el punto de vista familiar, mediano desde el punto de vista público y malo desde el físico u orgánico. ¿Qué es uno ahora? Una especie de sombra.-Pero usted no se puede quejar -dirá alguien-. Hay pocos eruditos de los que se ocupe tanto la prensa, la radio y la televisión. Escribe libros que siendo de materias específicamente pesadas se compran y tiene cierta independencia económica. Es verdad. Esta es, sin embargo, la apariencia. Lo interior y más importante para mí, hoy, resulta ser otra cosa.

Veo con claridad que he tenido una vida en tres largos actos. Fue el primero, el más lejano, pero también el más importante para mí. Duró de 1914 a 1936, con recuerdos más intensos y netos cada día, a partir de 1917... En 1936 la vida se me truncó como a tantos otros. Lo que viví después, de 1936 a 1956, fue todo menos placentero: trágico y peligroso durante la guerra, duro y antipático de 1939 a 1945. Después vino la muerte de los más queridos. La muerte de los míos. La "vida fuerte", primero plácida, trágica y dura luego, acabó cuando tenía 42 años. Llegó el tercer acto: he vivido más holgada, más suavemente, desde el punto de vista económico y social. He tenido algunos pequeños éxitos profesionales y he visto a los míos prosperar. Pero el "quid" falta. Siempre he sido como un espejo: antes un espejo nuevo, ahora un espejo roto que hace aguas y que refleja algo poco brillante. ¿Qué puede contar un espejo viejo de lo que ve un camaranchón? Poca cosa, sin duda. Sin embargo, ahí va la narración resumida de mi existir. Los que vinimos al mundo en 1914 podemos decir que hemos nacido en el último año del siglo XIX, o si se quiere en el último año de una época que podría considerarse que empezó en la segunda mitad de aquella centuria. En España acaso con la revolución del 68. Aún después del año fatídico, del 14, quedó muy vivo el reflejo de aquel período. Yo he pensado y lo he dicho varias veces, que entre el Madrid de 1925 y el Madrid de 1875 había más afinidad que entre el de 1925 y 1975. El tránsito fue brusco luego, al caer la Monarquía poco más o menos. En 1925, o poco antes, un niño de Madrid, de mi barrio, levantado en época progresista, podía oir cantar a los ciegos con sus guitarras en la calle, podía comprar en la Plaza de España romances de bandidos, libros de caballerías, poemas en honor del general Prim y la relación de los estragos de las fieras "Corrupia", "Crupecia", "Maltrana", etc. Veía desfilar a las tropas con ros y pantalón colorado, camino de palacio. Podía asistir a la parada y admirar a los alabarderos moviéndose al son del pífano con sus tricornios, capas blancas y picas. Durante las vacaciones de Navidad podía ir al teatro, a deleitarse con "Los sobrinos del capitán Grant" o "La vuelta al mundo en 80 días ...y ver la Plaza Mayor tal y como la dibujaron Ortego o Pradilla. Gruesas madrileñas con mantón alfombrado, pequeños madrileños con el bigote rizado a tenacilla, como Tadeo el de la canción; modistas morenitas con trajes oscuros; organillos, losgolfos en la Tinaja, y las tiendas de comestibles que aún se llamaban de "ultramarinos" o de "productos coloniales". En el barrio vivían la infanta Isabel, duquesas tronadas, flamantes "marquesas" "fin de siècle" y los novios hablaban por señas: él desde la acera y ella desde el segundo o tercer piso de la casa de enfrente. Había, porteros con librea y grandes patillas, mayordomos imponentes. Los carros de bueyes cargados de jara llegaban a las panaderías y en los altos de la Princesa había una posada con carros y mulas en torno, residencia eventual de arrieros y, carreteros de la Sierra o de La Mancha. Era aquél un Madrid en que se oían los grillos y los gritos agudos de las colegialas en el recreo: a los vencejos al comenzar el verano y a los traperos botelleros, lañadores y afiladores ambulantes. ¡Intente usted oir ahora un grillo "animal" en la Villa y Corte! A grillos humanos sí. Este era el escenario de mi niñez raquítica, que empezó, sin embargo, como una comedia de magia. Porque me dio de España y de los españoles una imagen fantasmagórica. ¿Por qué? Porque en mi casa de la calle de Mendizábal, 34, luego 36, vivían dos magos, mis dos tíos. Y de los cinco a los quince años he visto desfilar por ella, o por la imprenta de mi padre, a Azorín y a D'Ors, a Azaña, a Valle Inclán, a Juan Echevarría, a los Zubiaurre, al doctor Pittaluga, a don Ciro Bayo, querido camarada de mi niñez; a sin fin de escritores, novelistas, poetas, pintores y artistas en general. También a profesores más o menos famosos y venerables y a bohemios que ofrecían a mi padre sus servicios como traductores a bajo precio, o fabricantes de novelas verdes. Cada persona o personalidad de éstas era objeto de un juicio distinto según el que la hiciera fuera mi tío Pío, mi tío Ricardo, o mi madre. Pío estimaba más a Azorín, a Echevarría, a Pittaluga, a don Ciro. Ricardo a Valle Inclán y a Azaña. Mi madre era benévola y simpatizaba con todos. Primera razón para sentir la fuerza de la libertad. Yo era un "eleutero país" sin saberlo. Esto lo pagué después. ¡Pero mientras tanto! Mientras tanto, una borrachera casera continua. Durante años, los domingos iba bulevares arriba a almorzar a casa de Ortega. Mi tío Pío se encerraba con él en un despacho abarrotado de libros en "orden filosófico" (no doméstico) y yo jugaba, sobre todo con José, bajo la protección de un hermoso cocodrilo disecado que en una vieja iglesia hubiera podido representar a la tarasca, al dragón infernal. De vuelta, mi tío comentaba lo que habían hablado y yo me familiaricé así, pronto, con los nombres de Frobenius, Schulten, Tartessos, "El Decamerón negro".

Con mi tío Ricardo iba en cambio a las exposiciones, veía los cuadros y oía los comentarios que éste hacía con Chicharro, con Mir, con Solana o con algunos pintores y grabadores más viejos, como don Tomás Campuzano. A veces se sumaba al grupo viejo algún jovencito modernista. Yo he visto hacer todos los papeles posibles del "Tenorio" a Valle-Inclán, a Azaña vestido de cardenal en un baile de máscaras, a mi tío Pío convertido en farmacéutico de teatro y a mi tío Ricardo en papel de ángel flamígero. He oído comentar las representaciones de "El mirlo blanco" a Pérez de Ayala, " Andrenio" y Canedo y he visto y oído a Rivas Cherif hacer el bululu imitando la voz de Magda Donato.

Si no he sido pintor, novelista, poeta o farandulero ha sido porque era de ánimo asténico, reflexivo y rigorista y porque en casa también observaba otras cosas y tenía otros ejemplos o modelos. Mi abuela materna, la que estaba siempre más cerca de mí, era una mujer creyente, ascética, con tendencia al pesimismo. que no participaba para nada de las grandes expansiones, pero que, en realidad, era el "Norte de navegación" de la casa. Mi padre un temperamento solitario con explosiones de humor y largas horas de depresión. Trabajaba mucho con poco fruto y poca suerte. Primer correctivo. El segundo creo que me vino por la educación: por la escuela y el instituto. El tercero por el contacto con los obreros de la imprenta de mi padre. Allá por el año de 1921, después de estar unos meses en una escuela de barrio, regentada por no sé que orden, a la que llamaban "del babero" y de la que no conservo mal recuerdo y después también de haber tenido una "fraülein" preciosa por poco tiempo, entré en el Instituto-Escuela de Madrid, de donde no salí hasta diez años después. Las profesoras de los párvulos eran admirables. Los párvulos no tanto: o al menos no me lo parecían a mí. Había mucho madrileñito esmirriado. alguno ya achulapado y no todo era buena intención en la santa infancia. Más tarde los caracteres de mis condiscípulos y condiscípulas se me dibujaron más y mejor en la conciencia. Hoy veo a las chicas, en conjunto, mejores que los chicos; acaso esto es consecuencia de un primer enamoramiento infantil, que todavía me escuece alguna vez. Llegó luego la hora de las amistades fuertes, fraternas, hermosísimas...y también de las hostilidades y piques entre condiscípulos: la de distinguir a tontos y listos, insignificantes y un poco molestos de los valiosos. El mundo mágico de la casa se rompía con el trato escolar. Era este otro mundo. En relación con los profesores he de decir que con la excepción de alguno de matemáticas que para mí fue obsesionante, de todos los demás conservo un recuerdo estupendo: cada cual por su estilo.

Bondad extraordinaria de algunas mujeres como las señoritas de Quiroga o el "señor" Carrascosa, camaradería en Terán, viveza no exenta de genio en Sos, interés familiar en Atauri u Oliver y competencia grande en conjunto. Sentido del deber estrecho en el "señor" Navarro y otros. Y luego los grandes maestros, Crespí, León, Gili. Para mí. sobre todo, don Francisco Barnés. Creo, en suma, que el profesorado estaba por encima del alumnado, aunque entre mis condiscípulos había chicos con mucha chispa: Joaquín Sánchez-Covisa, Juanito Negrín, Alvaro D'Ors. También el mejor amigo mío: Juanito Barnés, que era la bondad hecha carne.

En el Instituto vivíamos en régimen de libertad: pero las ideologías "fuertes" e intransingentes ya apuntaban o más que apuntaban en algunos. De todos modos observando lo que allí pasaba en plena dictadura puede decirse que era un raro oasis. Coeducación, derecho a estudiar o no estudiar Religión (yo la estudié) posibilidades mayores que en otros centros de aprender francés, inglés o alemán, cultivo de los trabajos manuales y de las Artes. Un oasis, con todas las ventajas y todos los inconvenientes de las cosas pequeñas y gratas rodeadas de desiertos. De todas formas al Instituto llegaba algo de la acritud popular y del entonamiento de ciertas familias de la clase media. Yo lo observé.

También observé, como hijo de editor e impresor, que el Madrid de los obreros era otra cosa muy distinta a los otros tres Madriles, en que vivía más: el callejero, el de la casa y el de la escuela. Cuando yo entraba en las cajas o en la encuadernación de la imprenta de mi padre, a los cinco o seis años, no era más que un niño y como tal me trataban; pero ya a los catorce o quince notaba que el trato era algo distinto: era el "hijo del patrón", o de don Rafael y aunque don Rafael como persona no era mal considerado, no dejaba de ser el "patrón"; un representante del capitalismo. Los cajistas eran socialistas más doctrinarios que los encuadernadores. Pero no sé bien qué idea tenían del capitalismo. Mi padre siempre andaba alcanzado con los bancos, para sostener una imprenta con pocos obreros: para estos, sin embargo, era tan capitalista como el conde de Romanones. Cierta tensión podía producirla el que mis tíos fueron también patrones en su tiempo. Pío no simpatizaba mucho con el partido socialista... o al revés. Aún en plena guerra un poeta famoso, que vive, creo que escribió ciertos versos contra él, echándole en cara su condición de patrón y de panadero por más señas.

En cualquier caso, de la imprenta llegaba más olor acre, que no era sólo el del engrudo o las tintas enranciadas.

Todo esto contribuyó a que yo no haya sido nunca un doctrinario o un ideólogo. Es evidente. Pero la "cuádruple raíz" de mi antidoctrinarismo tiene otro raigón tremendo, como el de algunas muelas que cuesta mucho arrancar. Yo he estado a punto de nacer en Vera de Bidasoa y desde que tengo memoria la casa de Vera para mí ha sido la casa familiar por excelencia. He vivido allí casi la mitad de mi vida y allí moriré probablemente. Esto ha hecho que mi contacto con el mundo vasco-navarro haya sido fuerte y constante y que en última instancia, hablen de mí con frecuencia, como de un intelectual vasco.

De mis cuatro primeros apellidos uno es andaluz, el primero. Otro alavés. Luego vienen dos italianos, de Génova y de Como respectivamente. Detrás, sí, van apelotonados otros navarros, guipuzcoanos, vizcaínos... incluso por el lado paterno. Pero ahora de viejo, cuando las cosas que ocurren en España y concretamente en tierra vasca, me exasperan e irritan, me agarro a mi italianismo de origen, como a un clavo ardiendo, aunque hoy Italia no pase por sus mejores momentos.

Yo no soy un hombre de "raza pura" y hoy doy gracias a Dios por ello. He vivido en tierra vasca y la amo más que a otras, evidentemente. Pero en tierra vasco-navarra, cuando era niño, como hoy, podía darme cuenta de que por un concepto u otro no era un producto genuino de ella. Allá por los años en que mi tío Pío compró "Itzea", mi casa actual, Vera era un feudo de carlistas e integristas. Mi tío llegó con una hermosa reputación. Fue llamado así "el hombre malo de Itzea". Las monjitas de la enseñanza dijeron a los niños que en el tejado de la casa había puesto una veleta que representaba al diablo haciendo burletas con las manos a la Santa Cruz. La veleta, en readidad, era reproducción de la de San Marcos de Venecia, con el león rampante. Los frailes de la enseñanza decían que nuestra casa estaba llena de sabandijas, alimañas, sapos, culebras y demonios. Una delicia.

Esta mitología hizo su primer efecto: pero, poco a poco, el pueblo se acostumbró al' 'hombre malo' , y a su familia y al fin terminamos siendo una rareza ornamental. ¿Pero qué tenía aquello que ver con el barrio de Argüelles, con la imprenta de mi padre, con las amistades de mis tíos y con el profesorado y el alumnado del Instituto-Escuela?

Los marcianos, si los hubiera (que parece que no los hay) no serían más diferentes de un obrero socialista de la calle del Limón de los que trabajaban en casa de una solterona beata de las que pontificaban en las tiendas de Vera. En lo único en lo que podían coincidir era en la certeza de su propia perfección.

Más interesante que observar a monjitas, beatejas y sacerdotes lectores del "Pensamiento Navarro" o "El siglo futuro", era hablar con la gente del campo y de los talleres rústicos, que tenían curiosas imágenes del mundo y con las que mi tío Pío echaba largas parrafadas. De 1912 a 1935 sacó mucho provecho literario de aquellas conversaciones y de ellas yo también empecé a sacar algún fruto hacia 1930.

Cuando pienso ahora en lo que a los vascos les gusta pensar de sí mismos, me doy cuenta -sin embargo- de que el esfuerzo que hizo mi tío para aproximarse a una realidad más honda y fuerte, ha sido esfuerzo vano. Los "vascos profesionales" y "confesionales", siguen creyendo que "Amaya", o cosas por el estilo encierran el secreto de su ser. Al vasco de cartón-piedra le interesan las novelas de cartón-piedra y los espectáculos del mismo material. Pero acaso le pasa lo mismo al castellano, al catalán o al andaluz, al español de izquierdas y al de derechas, pétreo y acartonado.

A los dieciséis o diecisiete años, era yo un adolescente esmirriado y enfermizo, con cierto aspecto de seminarista y sin ningún atractivo físico. Había hecho los estudios de bachiller de modo irregular: con una impermeabilidad absoluta para las ciencias físico-matemáticas, algo de mayor curiosidad por las naturales, mucha mayor por las humanidades en general. Mi capacidad lingüística era sólo mediocre, pero mayor que la de muchos de mis condiscípulos que en esto de los idiomas resultaban absolutamente atarugados. La única superioridad que tenía era la propia de algunos seres débiles de cuerpo: una capacidad de leer extraordinaria, patológica, casi. Aparte de lo que tenía y compraba mi tío Pío, yo hice mi biblioteca propia y usé también la de una tía de mi padre, que vino a vivir a casa hacia 1921 y que era una solterona curiosa: porque alternaba la lectura de libros vetustos tales como "Las ruinas de Palmira" y "Las tardes de la granja", con la de folletines de Fernández y González y viajes a los dos polos: de Nansen, de Amundsen, de Nordenkjöld, del duque de los Abruzzos.

Todo me lo tragaba: unido a grandes audiciones musicales con una radio de galena y auriculares que había construido mi tío Ricardo también allá por los años de 1926. Otro mundo mágico. ¡La música!

Ahora, cuanto más viejo soy, más pienso en el poder de la música. No como virtuoso, ni como técnico, ni como crítico, que no lo soy y lo último no querría serlo nunca. Pienso en el misterio de lo que sugieren las voces y las armonías, en las asociaciones que mediante la música establecemos en nuestra cabeza y en el significado vario que le damos a una obra genial o a una cancioncilla, según la edad, según la coyuntura. Por eso me resultan muy insuficientes los libros de crítica musical y desconfío de los que por tener un gusto o una inclinación, dicen que "entienden" de música.

El artista puede ser exclusivo en su gusto, para crear. ¡Pero el que oye!

Y ahora -para entrar en mi segundo acto- haré una comparación musical. La obra más popularizada de Weber aquí, es la que comúnmente se llama "La invitación al vals". En ella hay una introducción misteriosa (que es la verdadera "invitación") y un final que recoge la idea de la misma. En medio desarrollada de forma más larga y brillante la tanda de valses. A mí siempre me ha parecido que el preludio es mucho más profundo y dramático que los valses con ser estos hermosos: pienso también que en mi vida la invitación titubeante, misteriosa, profunda, fue mucho más que lo posterior. Lo inmediato -y sigo con las comparaciones musicales- fue una "danza macabra" y lo de después un "vals triste", monótono.

II

La invitación terminó en 1936, cuando yo tenía veintidós años. Pero de 1931 a aquella fecha transcurrieron casi cinco años cargados de dramatismo y de gran contenido vital para mí. De la adolescencia pasé a la juventud, del bachillerato a la carrera, de la confianza plena a la crítica y a la reserva. Mi familia, por otra parte, se aisló. Hablaré breve de todos estos cambios y tránsitos.

El de la adolescencia a la juventud no es agradable si no se tiene mucha salud y cierta prestancia física. Yo no tenía nada de esto y sí cierta tendencia a la vida solitaria, a huir de la realidad y buscar paraísos artificiales, en la lectura sobre todo. Busqué un mundo irreal, en vista de que el real me ofrecía poco. Porque también el cambio del Instituto a la Universidad, al comienzo se me hizo duro. El Instituto me parecía mejor: en la Universidad encontré no poca cochambre clásica. Profesores a los que se aplaudía, alumnos que alborotaban, masas de gente desconocida, promiscuidad. Cuando de la calle Ancha pasamos a la Ciudad Universitaria parecía que íbamos a desinfectarnos y en efecto, alguna desinfección hubo. Pero no tranquilidad de espíritu.

Se había proclamado la República y esta había sido acogida con gran entusiasmo por todas las personas que trataba mi familia. Es más: mi propio tío Ricardo perdió un ojo en cierto accidente estúpido que le sobrevino en una campaña electoral a favor de la República. La fe compartida por los de casa, tenía un solo disidente: mi tío Pío. ¿Por qué? Porque los hombres representativos del nuevo régimen no le inspiraban confianza como hombres de acción... algunos tampoco como hombres de pensamiento. Creía que, en general, eran débiles para llevar a cabo la empresa que tenían delante. Conocía desde comienzos del siglo a algunos, como Lerroux o Albornoz. No tenía la menor simpatía por Azaña, en lo que éste le correspondía. Pensaba que a Ortega le iban a anular y de los jefes socialistas creía que unos no tendrían influencia, como Besteiro y Fernando de los Ríos y que otros se verían dominados por doctrinarios, estilo Araquistáin, o por las exigencias imprevisibles de la masa. Creía también en la gran fuerza oculta de la derecha. Esta falta de fe irritó y se consideró casi como un paso al enemigo.

La situación de los míos se hizo aún más incómoda, porque también Ricardo, amargado y entristecido por la pérdida del ojo, no se consideró apoyado por sus amigos, rompió con ellos y adoptó una posición hostil. Coincidió esto con mi paso por la Universidad, no del todo brillante, a causa de una salud precaria. Pero, en fin, dejando aparte lo que no me atraía, poco a poco me hice mi sitio y esto fue debido a que encontré cuatro o cinco profesores francamente excepcionales. García de Diego y Millares en las clases áridas de latín, Obermaier en Prehistoria, Trimborn en Etnología. Lo que en Madrid no encontraba lo hallaba, por otra parte, en tierra vasca, poniéndome bajo la tutela de don Telesforo de Aranzadi y de Barandiarán que me trataron como a un hijo.

En la Universidad yo estaba en el grupo de los desvalidos que llamaban, con ironía, ' 'Ios hijos de papá" y no me beneficié de ninguna de las ventajas, reales o supuestas que tuvieron aquellos. No participé en el crucero por el Mediterráneo, ni en otros ritos culturales y veía que entre los jóvenes oscuros había bastantes que no simpatizaban con la República. Continué teniendo más amistad con los compañeros del Instituto y donde adquirí algunos nuevos conocimientos de gente ilustre o curiosa fue en el Ateneo, a donde iba a estudiar o a huronear por las tertulias.

Acompañé así; alguna vez a Unamuno en sus paseos y conversé con hombres viejísimos que me producían interés. Dentro del círculo familiar, en 1935, tropecé por vez primera con algo que luego me ha obsesionado. Con la Muerte: en este caso la de mi abuela. que murió en Vera a los ochenta y seis años, muy serenamente, pero pensando que como la República había venido tendrían que aparecer en escena de modo indefectible los carlistas. Esta idea que en 1934 parecía producto de una obsesión senil, en 1936 se convirtió en realidad. La Muerte ha sido luego para mí la Muerte de los demás. En la mía no pienso tanto y a veces juzgo que no será cosa de demasiada importancia. No diré que la considere un Bien, pero, en casos, pienso en ella como en algo que podría liberarme de ciertas molestias individuales y colectivas.

Yo no conservo de la República la imagen idealizada que tienen de ella los que por ella combatieron o los que ahora hablan de ella, como hombres de izquierda, sin haberla conocido. De lo que vino después, sí, tengo una imagen negra, negrísima, en lo que se refiere a los años 36-40. Acepto que en parte es subjetiva, porque veo que también hay quienes hablan de aquella época con lirismo. Pero para mí y los míos fue la época de la "débacle".

Separación con respecto a mi padre, que vio y padeció en Madrid la destrucción de la casa familiar y el taller de la calle de Mendizábal y que salió de la prueba hecho una ruina. Separación larga de mi tío Pío, tras el intento de fusilamiento en la carretera de Irún-Pamplona, del que salió librado por casualidad. Tras el peligro volvió a casa, gracias al duque de la Torre y de casa le acompañé a la frontera una tarde memorable. Volví al punto a unirme con el resto de la familia (en contra de lo que alguien ha dicho) para vivir en la tiniebla día tras día, mes tras mes, año tras año hasta 1939. y cuando la tiniebla se iluminaba era a causa de un rayo mortífero. Muerte en Madrid de mi amigo más querido Juanito Bamés, destrucción del barrio de Argüelles. Sobre esto penuria económica total, sobrellevada con estoicismo admirable por mi madre y con mucha serenidad por mi tío Ricardo. Yo seguía en un estado de caquexía que me liberó del servicio y me encerré en la biblioteca de Vera, leyendo como nunca he vuelto a leer. Aún tengo fichas de lecturas no aprovechadas de aquella época en que viví como el topo en su madriguera. Veía, sí, con claridad, que la guerra estaba decidida y que lo que venía no podía ser, por fuerza, muy favorable para mi porvenir, aunque creo que no me hubiera costado mucho "integrarme" de algún modo en el nuevo régimen, porque conocía, por familia o por la Universidad, a personas que algo me habían ayudado y que luego, en 1940, se mostraron benévolas conmigo. Pero las andanadas carlistas y clericales contra mi tío eran continuas y aún mucho después cuando en algún documento oficial un plumífero o covachuelista madrileño veía escrito, Julio Caro Baroja me decía con sonrisa acerba: -¿Con que Baroja, eh?

-Sí señor, gracias a Dios y a su Divina Providencia -contesté alguna vez.

La "danza macabra" terminó, el "vals triste" empezó y sin darme cuenta casi me encontré con que tenía veintiséis años y que la carrera sólo estaba mediada. La vuelta a Madrid fue miserable. Vivimos como tantos otros náufragos en la isla desierta de los restos del barco roto. El Madrid del 40 era espantoso en general. Para nosotros la prueba de la ruina de la gente del grupo al que pertenecíamos y la prueba más evidente aún de nuestra propia ruina. Coincidió la vuelta con el comienzo de otra gran tragedia que como consecuencia primera, trajo mayor escasez de alimentos. Tiempos del boniato, los higos secos y las almendras tostadas del pan de maíz y de otras amenidades.

Y la gran tragedia también le cogió a uno a contrapelo: porque, aunque siempre he admirado mucho Alemania, estaba en el grupo de los que no deseaban la victoria de Hitler, que era lo que querían las gentes del Régimen.

Yo -repito- he admirado, admiro y admiraré a Alemania y a Italia como el que más, y según he dicho, siento que el "italianismo" es algo esencial en mí. Pero no podía desear que triunfara Hitler, que arrastraba al pobre Mussolini, ni que España se convirtiera en un satélite del Eje. Fui anglófilo político, como los pocos liberales que sobrevivían entonces. Al volver mi tío Pío de París a consecuencia de la derrota de Francia, vino a vivir con nosotros en Madrid y pronto se encontró a Walter Starkie, agregado cultural y director del Instituto Británico. Se conocían de antiguo y Starkie le invitó a las tertulias escasas de gente y melancólicas de tono de la calle de Méndez Núñez. Allí empecé a ir yo con mi tío y el primer empleo que tuve, después de haber terminado muy brillantemente la carrera y haber hecho el doctorado, fue el que me dio Starkie, para que le sirviera de secretario-corrector y revisor de traducciones al español y otros menesteres similares.

Esto fue utilizado por un condiscípulo piadoso que "triunfaba" para decir que yo era un agente del "Inteligence Service". Pero, en fin, también había personas del Régimen con intenciones menos aviesas, y así de 1942 en adelante, pude trabajar de modo modesto y oscuro en el Museo Antropológico, en el Consejo de Investigaciones y, por último, en el Museo del Pueblo Español. En 1943 publiqué mi primer libro y muchos creían que pronto haría oposiciones. Pero la vida íntima, familiar, era dura y triste. Mi padre murió agotado. Mi madre se hizo cargo de todo y mi tío Pío empezó a escribir con protesta de algunas almas siempre piadosas como mi condiscípulo. En la casa de Ruiz de Alarcón tenía una tertulia de amigos fieles y de vez en cuando iban a verle escritores, periodistas, gente de fuera, emigrados del Centro de Europa. Para unos, la tertulia era un refugio, para otros una curiosidad de Madrid o un recuerdo del pasado. Yo no era de los más asiduos, porque me producía tristeza y también porque el trabajo me absorbía. Tenía otra tertulia propia en el Café de Varela, luego en el de Platerías, adonde iba gente mucho más vieja que yo, a primera hora de la tarde. Después trabajaba en el Museo Antropológico o en Medinaceli, 4, y alternaba el estudio de la Antropología con el de la Historia Antigua. Hablaba con Vallejo, Tovar, Pariente, Alvaro D'Ors, Fernández Galiano y otros en el Consejo. En el Museo, con arqueólogos y prehistoriadores.

Un día, por decisión de don José Ferrandis y benevolencia del marqués de Lozoya me encontré de director del "Museo del Pueblo Español", cargo dado a "dedo" y que me venía como el anillo al dedo y en el que trabajé firme. No puedo, pues, decir que a mí, personalmente, me haya perseguido nadie del Régimen franquista en una época que considero fue la más dura de todas. Sí creo que puedo afirmar, en cambio, que si a la larga no me incorporé a la Administración del Estado en una forma normal, fue porque veía que en un cargo público destacado, una cátedra, por ejemplo, más pronto o más tarde chocaría con alguien y tendría que marcharme. ¿Para qué entrar? En el Museo estuve cosa de 11 años y al final dimití. Soy un hombre con extraña tendencia a la dimisión. También a escabullirme o evitar trincas académicas, congresos y cosas por el estilo. Como director del Museo, establecí contacto, sin embargo, con folkloristas y profesores catalanes, de Barcelona, con otros de distintas partes de España y, al fin, después de la guerra mundial, con los primeros antropólogos extranjeros que vinieron a estas tierras. Unos fracasaron, como Oscar Lewis. Otros trabajaban con más prudencia y provecho, como J .M. Foster, al que desde entonces me unen vínculos de amistad y agradecimiento. Pero estos años, en que seguí publicando bastantes estudios técnicos, fueron para mí más importantes y decisivos por otras razones que por las profesionales. Ya talludito, con los 30 muy pasados, tuve un noviazgo serio después de las discretas calabazas que me dio una chica inglesa muy salada. El noviazgo fue largo, complicado, no satisfactorio, en fin, para ninguna de las partes. La ruptura vino poco después de la muerte de mi madre, en 1950, tras dos años de angustiosa enfermedad.

Liquidación terrible por un lado, liberación por otro. Mi papel de hijo terminaba y mi posibilidad de creador de familia también. Me encontraba con un hermano mucho menor que yo y dos tíos septuagenarios. Un grupo familiar raro en verdad. Pensé en no más que a mis trabajos personales y a este grupo. Pero tras la muerte de mi madre tuve un pedo de viajes y ocupaciones imprevistas.

Dejando a un lado unos cuantos congresos, a los que asistí (en Bélgica, en Suecia, en Francia) y de los que volví sin muchas ganas de repetir la experiencia (que me pareció aburrida más que otra cosa) gracias a la amistad de Foster, recorrí gran parte de España, sobre todo el Sur, con él, tomando multitud de notas y apuntes. Después, también con él, pasé una temporada en Estados Unidos, trabajando en la Smithsonian Institution y asistiendo en Chicago a otro congreso monstruo de Antropología. Una experiencia inmensa y que me vino muy bien en mi depresión.

Gracias a Foster también, durante el otoño de 1949 conocí en Grazalema a Julián Pitt Rivers, con el que hasta hoy me une amistad fraternal. Puedo decir que el efecto de la muerte de mi madre lo paliaron estas dos amistades generosas. Porque después de mi experiencia americana, vino mi experiencia inglesa, en Oxford, en Londres y en el sur de Inglaterra. Durante ella, Julián fue mi guía y por él entré en Oxford con pie firme; por él, también, viví dentro de unos ambientes aristocráticos como de novela inglesa clásica. Cosa que no le es dado a cualquier estudiantón humilde. Conservo recuerdos más vivos de Londres o del Dorset que del ámbito académico de Oxford, aunque allí conocí a hombres importantes y reanudé la vieja amistad con don Alberto Jiménez Fraud, su mujer y sus hijos. Todo esto, hoy, casi 30 años después me parece un sueño. La vida de casa me hacía sentir más la realidad fuerte. Seguía dura. En 1953 murió mi tío Ricardo en Vera. Murió con enorme serenidad, aunque se hizo lo posible para no dejarle tranquilo en su agonía. Mientras tanto, Pío comenzaba a entrar en un período de postración total, roído por la arteriosclerosis. Aún tuve, sin embargo, una nueva experiencia rara e imprevista que me distrajo. El director general de Marruecos y Colonias, el coronel Díaz de Villegas, quería contar con un informe etnográfico sobre el Sahara español y alguien le debió indicar que yo podría hacerlo. Supongo que fue don Tomás García Figueras, que me tenía cierto afecto y que me llevó también a Marruecos. El apellido ya no pesaba como hacía diez años, y lo que en alguna ficha informativa debía constar es que yo no tenía una ideología política muy fuerte, y que tampoco andaba muy sobrado de convicciones religiosas. Esta ficha debió ir conmigo al Sahara cuando llegué allí en compañía de Miguel Molina Campuzano, otro amigo excelente que me ha deparado la fortuna y que es, en cambio, hombre muy religioso. El tiempo que estuvimos en el Sahara fue maravilloso para mí, que tuve que improvisar una serie de conocimientos. Conservo de los nómadas, hoy triturados por una serie de caprichos y arbitrariedades diplomáticas monstruosas, un recuerdo poético y tan fantasmagórico como el que tengo del campo del sur de Inglaterra, del "manor" de los Pitt Rivers. Después, en Madrid, trabajé fuerte sobre temas islámicos, que me condujeron a interesarme por los moriscos y, en fin, vino una temporada de reclusión y soledad, a causa del empeoramiento en la salud de mi tío Pío. En casa escribía, en casa preparaba nuevos trabajos y la única diversión que tenía era un viejo gramófono a manivela. Algo progresé con respecto a los días de la radio de galena.

Los médicos amigos y los contertulios me ayudaban. Val y Vera y Arteta, como médicos, Casas, Gil Delgado, Rico Godoy, como amigos íntimos de la familia. En estos años que van del 49 al 55 tuve también otra apertura de horizonte. Don José Ortega y Gasset me distinguió con su amistad, participé en las tareas del Instituto de Humanidades y al final, de 1955 a su muerte, estuve siempre cerca de él y durante los veranos, allá en la carretera de Irún a Pamplona, frente a Biriatou, dábamos grandes paseos durante los que me confió muchos pensamientos y proyectos. La muerte se lo llevó un año antes que a mi tío ante ella me dio otro ejemplo de serenidad admirable. iPero que vacío luego!

La liquidación de octubre de 1956 me cogió prevenido y aunque agotado físicamente, actué del modo más énergico que pude para que mi tío Pío muriera tranquilo. Hubo que sacrificar algo a ciertas publicidades inoportunas, como la que provocó la visita de Hemingway, y tragar todavía algún ataque póstumo en cierta prensa. Pero esto fue poca cosa para mí. A los 42 años tuve la sensación de que otra gran etapa de la vida había terminado. Una etapa fuerte, intensa, con grandes dolores y grandes amistades, en que mi imagen del mundo se perfiló más.

III

¿Después? Después he pasado de la madurez a la senectud. He tenido menos preocupaciones, más dinero, algún pequeño éxito o recompensa, una vida familiar plácida y los amigos me han seguido ayudando. No puedo presumir de haber luchado con grandes y fieros enemigos, aunque haya recibido algunas puntadas o picaduras de avispas, modestas siempre en sus pretensiones de molestar. Si "El amigo Fritz" se hubiera quedado soltero en su pequeña ciudad alsaciana hubiera podido tener motivos de satisfacción paralelos a los que yo he tenido. Pero yo soy un amigo Fritz sin salud y con mucha carga vital interior: no mía, sino de10s míos. Además la época y el país en que me ha tocado vivir no son como para terminar la vida con una carcajada de buen bebedor de cerveza.

He visto España más como un hombre del 98 que como los de generaciones posteriores. He estado siempre más cerca de Azorín, de Unamuno, de Maeztu que de los poetas del 27 o de los políticos de la República, y en Arte me pasa igual. Acaso también en Ciencia. Los cuarenta años del franquismo se pueden dividir en varias partes. La primera, la más trágica. Otra de anquilosamiento y duda. Otra de transición y una final, que empieza en 1960, en que hubo que echar por la borda todo lo anterior: Casticismo, Autarquía, Tradicionalismo en las costumbres, etc., etc.

Epoca de la "estabilización", del desarrollo económico, del turismo, de la industrialización, del aumento de las poblaciones urbanas. Lo de " Arriba el campo" y otras consignas se olvidó. Fue el de entonces el triunfo de los ingenieritos y de otras gentes por estilo. Fueron los llamados "tecnócratas" los que nos cambiaron la imagen de España, de 1960 a 1970 "Lo que pudo haber sido ya no será". Los etnógrafos, los que habíamos pateado el país durante treinta o cuarenta años anteriores nos encontramos con que todo lo que habíamos estudiado se convirtió de repente, en Arqueología, con la paradoja de que quienes quebraron más las condiciones de la vida tradicional fueron las gentes que se consideraban más conservadoras, más "de orden". ¿Qué orden? Ahora estas mismas gentes no entienden las consecuencias de aquel "milagro español" que creó aglomeraciones como las de Bilbao, los pueblos-dormitorios, los "ghettos" urbanos y de trabajo, el florecimiento de la discoteca y del "pub" con un nombre con diéresis inglesa. Creyeron en la eficacia estabilizadora, ''política", de la renta "per capita" y otras necedades por el estilo y de un país pobre pero hermoso y con posibilidades de "regeneración" , hicieron un país con fugaz apariencia de rico que se ha afeado de modo alarmante... y con "regeneración" dificultosa. Fue aquel, el reinado del "billete verde", de Norte a Sur y de Este a Oeste. y ahora pienso esto. Hoy mi visión de España no vale para nada. Lo que me ha ocurrido individualmente es un reflejo de la vida pública. Más apariencia que contenido. Me he aferrado al pasado ideal y he vivido a la sombra de los últimos representantes de él.

He tenido el orgullo de que cuando pensaron en mí, dentro de la Academia de la Historia, apoyaran mi candidatura don Ramón Menéndez Pidal, don Manuel Gómez Moreno y don Diego Angulo y que contestara a mi discurso de ingreso don Ramón Carande. Hombres del pasado. Allí tuve y tengo amigos entrañables. Lloro aún la muerte de don Jesús Pavón y del duque de la Torre y me aferro a la amistad de colegas algo más viejos que yo, como Valdeavellano, Vázquez de Parga y Lacarra. En Madrid, en Málaga en San Sebastián, en Pamplona muchas amistades fuertes y sinceras han desaparecido. ¿Qué es uno si no una sombra? Sólo en la vida íntima, privada, ultradoméstica, puedo encontrar razones para pensar que todavía existo. He escrito y he publicado de 1960 a 1980 más que en el resto de mi vida. Algo con cierto éxito, como mis memorias, o el libro sobre las brujas. Algo me han traducido también y, en suma, la erudición me ha producido más satisfacciones que a otros.

El círculo de amistades es todavía grande y va desde la de políticos, como Areilza, a la de mujeres brillantes y atractivas. Proposiciones de trabajo no faltan... Pero...

Pero la vida pasa (o pasó) y las últimas experiencias me hacen comprobar que soy una especie de Rip Van Winkle. Mi imagen de España, mi imagen del País Vasco, mi imagen de la Universidad y de la vida política nada tienen que ver con lo que es. Esto que es tiene que ser así. Pero si tiene que ser así lo prudente y lo pertinente es dejarlo que sea y retirarse por el foro.

Esperar. Esperar la muerte con tranquilidad, con serenidad. Morirse es algo que le ha ocurrido a tantas personas importantes que no hay por qué estar alborotando ante la ida de la Muerte propia. La cuestión es que ésta no sea demasiado dolorosa, molesta o envilecedora. ¿Qué puede hacer uno cuando ocurrra algo que ni le gusta, ni llega a comprender bien? Por otra parte: ¿Qué importa que lo que pase le guste a uno o no, lo comprenda o no? Esta no es mi España "regenerable"; no es este mi "País Vasco mejorable" ni esta mi Universidad. Pero son así.

Hay que terminar. De 1960 a 1975 estuve muy vinculado a Málaga, fui tres veces a dar unos cursillos a Coimbra, pasé un curso en la "Ecole des Hautes Etudes" de París, volví a Inglaterra y a Estados Unidos, conocí algo de Grecia y fui dos veces a Lima. Surgieron algunos amigos jóvenes fuera y dentro. Entre ellos D. Greenwood, antropólogo norteamericano de mucha capacidad. Soportes individuales no me han faltado.

Después vino la liquidación del régimen franquista que ocurrió de modo bastante ininteligible para mí y ahora empiezo a ver las consecuencias de tal liquidación. Al comenzar esta etapa algunos consideraron que yo había vivido "marginado" como se dice ahora, y que debía incorporarme a la Universidad. Unas propuestas de acceso parecían más factibles y sinceras que otras. Pero la verdad es que si yo he quedado muy al margen de la vida pública ha sido más por voluntad propia que por decisión de autoridades hostiles. " Aquello no me gustaba" y nada más.

¿Y esto? Esto me parece mejor desde el punto de vista político y veo que hoy muchos viven como el pez en el agua: sobre todo los políticos mismos y los periodistas. Hay libertad para discurrir y también para no discurrir. Hay gente que cree, silogísticamente, que siendo de izquierdas se es por fuerza inteligente y que escribir artículos de periódico o revista esmaltados de tacos y reniegos es una prueba de libertad de espíritu y de ser avanzado. Se observan otras señales de infantilismo colectivo y una tendencia clara al resentimiento demagógico, encubierto por falsas alegrías y virtudes. Pero en toda democracia se han dado estos hechos la cuestión es que no se pase a más.

-¡Pero los hombres como usted deben colaborar, cooperar, adscribirse a algún servicio, ayudar a la juventud!

-Sí. Es evidente. Pero cada cual sirve como puede. Por otra parte, lo mejor de mi servicio ya está hecho: son unos cuantos librotes. Yo no me voy a poner ahora a pegar zapatetas en el tablado político, periodístico o universitario para obtener el favor, divertir y llamar la atención y para que algún jovencito diga condescendiente: -¡Qué vejete más simpático!-. Ahora hay mucha gente que cree que el objetivo de la vida es ser popular. Yo no: y menos popular a cierta edad y en ciertos medios. Hoy no son populares la mayor parte de las personas que yo he admirado más y sí lo son otras que me parecen de poco fuste o caracterizadas por un grosero disfraz y por su tendencia a la impostura. Cuando alguien me dice, por ejemplo, que ahora no se lee esto o aquello a éste o a aquél, o no gusta tal música o tal pintura, replico: -Pues peor para ahora-.

No soy un evolucionista de misa y olla de esos que creen que lo último, por fuerza, es lo mejor. Creo todo fluye..., pero como lo creía el difunto Heráclito. Este momento del fluir español no es el mío, ni el de los míos. Sé ya que ese momento mío ha sido siempre más imaginario que real y vivo de la imaginación. Ahora si me arrepiento de algo en mi vida es de una sola cosa. De no haber ido más a Italia, de no haber conocido más a fondo los campos, pueblos, ciudades y personas de aquella hermosa tierra para poder enriquecer más los años últimos de la vejez, con recuerdos hermosos. Es un arrepentimiento de egoísta y de esteta. Otros se arrepienten de no haber luchado más por la Gloria, por el dinero, por las mujeres o por el poder, y se creen altruistas. Allá ellos.

¿Qué más puedo decir? Que era escusado escribir una autobiografía. Yo no soy más que un espejo que refleja todavía un mundo pasado. Un mundo que acaso no existió de veras, más que en unas cuantas conciencias.

 

© Julio Caro Baroja
Autobiografía


 

 

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