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En las palabras del propio Julio Caro Baroja, «varios y muy distintos temas son los que aquí se tocan, tomando el arte como un órgano de conocimiento tan importante como la ciencia, porque nos ilumina de modo fabuloso el mundo de las ideas, creencias y costumbres de los hombres». Estas reflexiones se agrupan en tres partes : en la primera, Caro nos da una amplia visión teórica acerca de la expresión plástica ; en la segunda, habla del paisaje y la arquitectura, y del paisaje romántico español, en la tercera, aborda asuntos artísticos varios (los belenes, la caricatura, el costumbrismo) «desde el punto de vista de un etnógrafo modesto», pero, aunque modesto, «el que contempla a las obras de arte (…) observa a veces cosas que acaso ni al artista mismo ni al crítico le interesan demasiado, o que incluso desprecian».


Las veladas de Santa Eufrosina: cuentos para marionetas

La "piazza" de Santa Eufrosina es un lugar bastante recóndito de Roma, dominado por el Gianícolo. Los turistas de medio pelo no suelen visitarla. Sí algunos eruditos, sobre todo nórdicos, que conocen bien la topografía de la ciudad y que saben que en el claustro menor de la parroquial dedicada a la santa se alza un pequeño templete del Bernini.

La plaza es de tamaño también reducido, melancólica. Entrando por la calle más ancha que le da acceso, al fondo se ve el campanil de la iglesia, de ladrillo ocre. Delante del atrio hay un jardincito con su correspondiente pino romano, magnífico. De la plaza a este jardín dan acceso unas escaleritas barrocas con una fuente en el medio. En la plaza, a un lado, se ve otro templete neoclásico que depende de la iglesia y una casita rococó, de dos pisos, que durante varias generaciones perteneció a los condes de San Cherubino di Monterotondo. Hace unos ciento y pico años, hacia 1880, era de la señora con quien se extinguió el título. Ya avanzado este siglo la casa se dividió en apartamentos. Pasada la segunda guerra mundial, en el piso más alto, a la derecha, vivió cierto pintor florentino de tendencias modernas, Ruggiero Ranieri. Era cuarentón y tenía una amante mucho más joven, francesa, estudiante de Ciencias Políticas y muy avanzada de ideas. El apartamento de la izquierda era propiedad del Comm. Prof. Dr. Luigi Grimaldi, que había sido ingeniero importante en tiempos de Mussolini y que después quedó desplazado, en retiro. Este era un caballero viudo, muy delgado y enfermizo, muy correcto y hasta atildado. No se le conocía familia. La totalidad del primer piso la ocupaba la "signora Cordiferro", meridional corpulenta que tenía dos o tres huéspedes.

De ellos, el más permanente era cierto sacerdote alemán, erudito, dedicado de lleno a preparar una edición crítica de las actas de los mártires germánicos más antiguos: obra a largo plazo, buena para persona tan cachazuda y concienzuda como él. Algún colega decía en borma -sin embargo- que lo del "Martyrologium germanicum" era pura invención, que la Iglesia católica no había tenido mártires antiguos de aquella estirpe y el Pater Gryphius se ofendía y rebatía aquella idea irreverente y ofensiva, según él, para su raza. El Pater Gryphius escribía, además, la historia de la parroquia y había recogido millares de noticias sobre la plaza y el barrio.

Algunas tardes, en la habitación, alquilada con muebles y enseres poco modernistas en verdad, que hacía las veces de estudio del pintor Ranieri, celebraban los vecinos largas reuniones. Aunque eran de ideologia distinta, se llevaban bien. El pintor y su amante comunistas, el sacerdote vaticanistas, el ingeniero escéptico o desengañado y la señora Cordiferro, pragmática y bastante supersticiosa.

Comenzaba casi siempre el pintor haciendo comentarios sardónicos a lo que iba aconteciendo. Su amante ponía glosas sociológicas y científicas a lo que él decía. El comendador sonreía, triste y benévolo, o hacía alguna indicación complementaria, justa, precisa.

El Pater Gryphius vivía en otro mundo. Había llegado a escribir la historia de cada una de las casas de la plaza a lo largo de los siglos y podía precisar en qué fecha se construyeron, quién los mandó hacer, cómo vivieron los primeros propietarios o residentes y los que les sucedieron en generaciones sucesivas. No todos habían sido gente oscura, como se demostraba con el caso de los condes de San Cherubino. Pero de lo que le gustaba hablar más, en su condición de hagiógrafo, era de las leyendas que aún corrían por el barrio en torno a algunos personajes que, en tiempos diferentes, habían estado vinculados a la parroquia de Santa Eufrosina. Estas leyendas las había escrito en italiano y en alemán. A veces leía alguna en las tertulias vespertinas, con fuerte acento germánico. El comendador sonreía con más benevolencia irónica que nunca. A Ranieri, que tenía una cara afilada de condotiero, aureolad por gran melena rizosa, negra con mechones blancos, se le ponía una expresión más sardónica.

La que escuchaba aquellos relatos con cierto sobresalto era la "signora Cordiferro", porque creía firmemente en la veracidad de su contenido, pese al sentido práctico que le caracterizaba en la vida cotidiana.

El Pater Gryphius, como escritor, era grave y un poco pesado. Resultaba, así, que a veces sus relatos tenían un aspecto cómico o un aspecto terrorífico que él no captaba. El contraste entre "la Lourdeur germanique" -como decía Brigitte, la amante de Ranieri- y el sentido de las narraciones quedaba muy de relieve y daba algún motivo de regocijo.

Durante un invierno bastante duro de la postguerra, Ranieri llevó a su apartamento, invitado, a un amigo suyo, joven lombardo, poeta y escritor satírico, que se llamaba Giulio Griggione. Este asistió a las tertulias domingueras y escuchaba al Pater Gryphius con más atención que a los demás. Griggione era parecido físicamente a Ranieri, sólo que en rubio. Tenía la nariz más afilada, la expresión más sardónica y la melena más alborotada.

En un momento, se le ocurrió escribir los relatos que oía al sabio clérigo "tedesco", de modo más rápido, en tono poco serio. Los reunió en un cuadernillo que dejó sin título. Con él dejó también unas ilustraciones en color. No eran, desde luego, obra de pintor o dibujante profesional (ni siqueira abstracto), dada su torpeza. Cierta nota a lápiz que puso detrás de una de ellas, daba a entender que el joven Griggione pensó en llamar al conjunto de sus relatos "pastiches romanos o italianos", porque, en efecto, nota semejante dice, "pasticcio IV" y el dibujo ilustra al cuarto relato del cuadernillo.

Giulio Griggione se marchó un buen día a tierras lejanas, dejando el cuadernillo y los dibujos al pintor y éste los hizo llegar al que ahora los publica. El primer relato sobre el "Spagnoletto" de Santa Eufrosina se basa en una tradición popular en el barrio, que el Pater Gryphius recogió en 116 variantes: una primera publicaa ya en 1863. El segundo está inspirado en el corto diario de una señora inglesa que lo debió escribir durante su estancia en Roma hacia 1880 y que el Pater compró a un chamarilero del Trastevere, al que visitaba con frecuencia en sus rebuscas. El tercero debió salir de la consulta de algunos papeles familiares de la condesa de San Cherubino di Monterotondo, y el cuarto se basa en documentos del Archivo de Estado del Vaticano, de mediados del siglo XVI, que Gryphius conocía muy bien. Otros relatos tienen origen más oscuro.

Acaso el lector presunto podrá preguntarse qué designio tuvo Giulio Griggione al escribir lo que se publica ahora. Es probable que se trate de un puro pasatiempo sin mayor objeto; pero hay que advertir que él mismo, hombre de tendencia anarquista y al mismo tiempo muy italiano de sentimientos, poco antes había publicado en Milán un libro que se titula "Ciò che gli stranieri non osservano in Italia", en que sostiene que los extranjeros son, y han sido siempre, incapaces de reflejar la realidad italiana. Esta incapacidad, según él, se hallaría ya en el presidente de Brosses, en Goethe y hasta en Stendhal, y llegaría a los modernos italianistas o italianófilos. Es posible, pues, que rapsodiando los relatos del Pater Gryphius, quisiera remachar su propia tesis y burlarse de la literatura extranjera sobre Italia.

 

Julio Caro Baroja
Antropólogo. Madrid

 

 

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