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En las palabras del propio Julio Caro Baroja, «varios y muy distintos temas son los que aquí se tocan, tomando el arte como un órgano de conocimiento tan importante como la ciencia, porque nos ilumina de modo fabuloso el mundo de las ideas, creencias y costumbres de los hombres». Estas reflexiones se agrupan en tres partes : en la primera, Caro nos da una amplia visión teórica acerca de la expresión plástica ; en la segunda, habla del paisaje y la arquitectura, y del paisaje romántico español, en la tercera, aborda asuntos artísticos varios (los belenes, la caricatura, el costumbrismo) «desde el punto de vista de un etnógrafo modesto», pero, aunque modesto, «el que contempla a las obras de arte (…) observa a veces cosas que acaso ni al artista mismo ni al crítico le interesan demasiado, o que incluso desprecian».


Localización, personificación y personalización de las leyendas

En este intento de sistematización excesivamente rápido acerca del estudio de las leyendas, habíamos comenzado haciendo la definición de qué cosa se ha entendido por esta palabra, y luego habíamos hecho una clasificación de géneros, por tipos, llegando al fin a estudiar las leyendas sobre personajes muy caracterizados y al estudio también de las formas arquetípicas o los modelos que se dan en este género tan particular y tan importante. Es evidente que aquí es donde podemos encontrar de una manera más clara la aplicación al estudio de las leyendas de la teoría de los arquetipos, entendida ésta como una reunión de características de varios ejemplares o individualidades que corresponden a una noción general y superior a ellas. Es el modelo que nos encontramos en personajes que unas veces se presentan con rasgos de pretendida realidad y, a veces, no es sólo el personaje sino la acción la que tiene estos rasgos. Habíamos hecho alguna ilustración de ejemplos sobre la tipificación de personajes reales como los filósofos griegos: Heráclito, Demócrito, etc., en unas formas que fueran inteligibles para las personas aunque no conocieran en realidad los sistemas filosóficos de estos filósofos. En esto se puede encontrar también una tendencia al arquetipo, a hacer un modelo que representa una opinión, más que una realidad, en personajes históricos mucho más modernos. Podía presentarse incluso como un fenómeno clásico de cómo empieza a formarse una leyenda y cómo la leyenda puede tener dos interpretaciones opuestas y extremas, como es el caso de la imagen que se vio en circunstancias e intenciones distintas entre sí de la misma personalidad histórica de Napoleón.

Napoleón, ya muy al comienzo del siglo XIX, fue presentado por algunos como un hombre extraordinario, y le dio ya unos caracteres que podríamos considerar casi legendarios en obras históricas como la del mismo Thiers. Frente a esta interpretación magnificada, heroica y absolutamente favorable del héroe o del personaje, podemos encontrarnos unos casos que suponen una inversión total del concepto. Si ustedes cogen un texto tan maravilloso, tipo novelesco, como Guerra y Paz de Tolstoi, se encontrarán con que este personaje, que para los franceses de su época era un personaje fundamentalmente heroico y admirable, se convierte en una especie de cómico, de botarate, de hombre que no tiene la menor cualidad desde el punto de vista moral. Y, en cambio, el oponente en esta obra, que naturalmente se refiere más a las campañas de Rusia que a otra cosa, el general Kutuzov, aparece no como un personaje real -algunos piensan que era un general cortesano sin ningún interés, un hombre de muy poco talento-,pero Tolstoi lo pone como un representante de la intuición, del alma rusa,y como una fuerza vital colectiva frente al histrionismo de Napoleón. Ven ustedes, pues, que aquí ya hay un elemento legendario de tipificación que corresponde, punto por punto, a lo que se lleva a cabo con los personajes reales en el mundo de la leyenda antigua.

Nos encontramos también que en otros géneros como, por ejemplo, el teatro, hay elementos que nos sirven para estudiar este problema fundamental, en el campo que nos interesa, de la tipificación o de la caracterización o de la creación de arquetipos. Porque en el teatro clásico se puede ver cómo se crea el arquetipo, por ejemplo, del galán. En las comedias clásicas de Lope, de Tirso, de Calderón, etc., hay un modelo casi constante y es el galán. Otro modelo también muy parecido es el de la dama; unos modelos secundarios, que se caracterizan incluso por una forma física externa, como los que se llamaban barbas, vejete, y luego oros caracteres que son más interesantes como, por ejemplo, el del criado, que un muchos casos se puede representar o interpretar como la conciencia del amo reflejada por otra persona. Es decir, un estado de conciencia que el personaje no representa pero que el criado, el que está al lado como una sombra, lo representa. Esto llega a producir caracteres determinados en las comedias, ya en la época de la comedia ática, en personajes como el Díscolo de Menandro y caracteres que se dan en los moralistas, como el "supersticioso", o "el hombre que tiene tales o cuales escrúpulos", en lo que la comedia llega a grandes hechos al formar arquetipos. Por ejemplo, en el siglo XVII español hay una forma de un determinado modelo que da el nombre a un tipo de comedia: es la comedia del figurón. El "figurón" era un personaje ridículo, linajudo, supersticioso, tonto, y nos lo encontramos ya en Calderón, en la figura de Antoribio Cuadradillo de Guárdate del agua mansa o también en personajes como los de Zamora y Cañizares, El Dómine Lucas de Cañizares o el personaje de El hechizado por fuerza de Zamora. Hay, pues, tipificaciones de este tipo que nos ilustran, aunque no sean legendarias, pero que sí nos ilustran para determinar un poco los procesos de tipificación en las comedias.

Dentro de los personajes arquetípicos podíamos encontrar variaciones, por ejemplo, en todo el ciclo de leyendas que podemos determinar tomando como el modelo mejor o el arquetipo más distinguido, a la figura del Fausto. Como saben ustedes, Fausto es un personaje que en parte se considera real, pero que en parte corresponde al teatro popular alemán del siglo XVI; pasa luego a la comedia inglesa, Marlowe, y tiene la expresión fundamental en el Fausto de Goethe, naturalmente. Pero este es un personaje al que se le dan unas notas que ya se encuentran previamente en otros muchos más antiguos: la intención de hacer un pacto con el Diablo por razones distintas, la consideración de que también es un hombre de saberes ocultos muy fundamentales y hasta en algún rasgo fundamental nos encontramos el hecho de cómo se ajustan a una visión arquetípica. Hay textos del siglo XVI, como uno de un médico germánico, Jean Wier, que trata de las cuestiones relacionadas con las imposturas y las ilusiones diabólicas. En este texto se indica cómo Fausto, el Fausto anterior a las formas teatrales famosas, había estudiado en una escuela de magia en la ciudad polaca de Cracovia. Pues bien, hay en este mismo detalle algo que es arquetípico, que es clásico, es decir, la noción repetida aquí y allí en muchas ocasiones de que en ciudades importantes por sus estudios, por sus enseñanzas, que hoy llamaríamos universitarias, se enseñaba la magia públicamente. Esto se encuentra documentado en textos medievales, sobre todo en relación con la escuela de magia que se decía que existía en Toledo; de suerte tal que en un momento dado los historiadores del siglo XVI dan fe de ello: al "Arte mágico" en español o en castellano se le llamaba "Arte toledana", y, en latín, Ars toletana. La escuela de magia de Toledo está documentada en multitud de textos internacionales de la Edad Media y durante mucho tiempo fue evidentemente la más importante y la más famosa en Europa. Luego nos encontramos este mismo modelo de escuela de magia, con personajes misteriosos estudiando en ella de un modo sistemático, en Salamanca: la famosa Cueva de Salamanca, que fue objeto de teatralización en Ruiz de Alarcón y en otros autores clásicos. También nos encontramos esto en la ciudad de Granada, y en la ciudad de Córdoba, es decir, en dos ciudades andaluzas y, por último, también en Sevilla. La explicación que se dio a esto en muchos textos, fue que en estas ciudades, en la época musulmana, se explicaban efectivamente ciencias más o menos ocultas y que esto dio la fama. Esta es una explicación racionalizada que quiere buscar una causa a la fama de las ciudades del mediodía de España, pero la realidad es que en Cracovia se da el mismo esquema, y en otras partes, en Nápoles, en Roma, en Italia, hay otras tantas escuelas de magia que se han considerado como escuelas públicas. Es curioso advertir que, en contra de esta interpretación que podríamos llamar "islámica" de la razón de las escuelas de magia española, en Córdoba hay un texto, que alegó ya en su época el P. Feijoo al estudiar estas leyendas en el que se decía que el que explicaba la magia era un personaje llamado Virgilio. Si ustedes cogen el texto clásico del gran erudito italiano Comparetti sobre Virgilio en la Edad Media, verán cómo la persona de Virgilio para los italianos medievales y para otros europeos, pasa de ser la figura de un gran poeta, que es lo que sigue siendo, a la de ser un gran sabio y, por relación de la sabiduría humana con las artes mágicas, pasa también a ser la figura de un mago. Es decir, que este ciclo de ideas en torno a la magia en Córdoba, explicado por un mago que se llama Virgilio, entra en el concepto general europeo e italiano de lo que es Virgilio en la Edad Media. La personalización o personificación, tal vez habría que hacer distinción entre las dos palabras, nos la encontramos siempre con algo que es inherente a ella, que es el hecho de las localizaciones. En estos casos, hemos visto cómo hay una localización del concepto de la escuela de magia en varias poblaciones ilustres en la Europa medieval, pero los hechos de localización se repiten en formas particularísimas.

El otro día creo que hablamos del hecho atribuido al viaje a Roma en distintas ocasiones y atribuido a distintos personajes también considerados mágicos. Pero las localizaciones legendarias, a veces, toman un aspecto muy extraño en lapsos de tiempo muy distantes. Por ejemplo, en el Jardín de Flores de Antonio de Torquemada, era un texto muy curioso y de interés folclórico del siglo XVI que se publicó en 1578, se cuenta como algo ocurrido en su tiempo, en una ciudad de historia, la aparición de una casa con un fantasma, que por fin desaparece, la casa malfamada, porque se encuentran unos restos de una persona que estaba enterrada allí y que al quitarse de allí los restos y dárseles una sepultura sagrada, etc., etc., deja de estar habitada por fantasmas. Esto se cuenta como ocurrido en Bolonia siendo el actuante en esta acción un estudiante llamado Juan Vázquez de Ayala que luego en España fue un letrado conocido. Bien, el caso es que esto se cuenta con localización, con datos personales sobre la persona concreta a la que le ocurrió. Pero luego resulta que muchos siglos antes esta misma narración, punto por punto, episodio por episodio, elemento por elemento, se encuentra en las Cartas de Plinio el Joven y se coloca en su tiempo, tiempo de Domiciano, y otro hecho ocurrido también en la antigüedad al filósofo Atenodoro en Atenas. Cómo pasa este hecho desde el siglo II de Cristo hasta el texto del XVI, es algo que se puede pensar que se debe a lecturas o a conversaciones eruditas. En el caso, lo que no interesa, no es la transmisión objetiva del hecho, el elemento o elementos que se transmiten, por vía escrita o por vía oral, sino la localización y la actualización que se da entre el texto de Plinio y el texto del Jardín de Flores curiosas de Antonio de Torquemada. Y este caso de localización nos da también ocasión de hablar de algo que tal vez rebase el problema que nos interesa ahora, pero que no deja de tener un interés teórico general desde el punto de vista etnográfico y también desde el punto de vista, dijéramos, no sólo legendario sino vital. Podemos pensar que este griego de Atenodoro, el caso de Plinio, el caso de la casa habitada por fantasmas de Bolonia del siglo XVI, se explican por fenómenos puros de transmisión de una idea, como se transmiten en general los relatos o las leyendas.

Pero he aquí que, de repente, nos encontramos con que en el siglo XIX y en el XX el problema de las leyendas en relación con casas habitadas por fantasmas o casas malfamadas, porque se supone que en ellas existen espíritus de los muertos, etc., se convierte primero en un problema jurídico y, en segundo lugar, en un problema de tipo, podríamos llamar, real, en el sentido científico de la palabra realidad. Ya desde hace mucho hay en Italia, y en otros países, una legislación en la que se establecen normas respecto a lo que ha de hacerse en el caso de que alguno abandone una casa por razón de que considere que está habitada por fantasmas. Ya en el Digesto, libro XIX, artículo 2º, ley 27, se nos habla de esto, y hay comentaristas, puristas, que ilustran el hecho por el texto aludido de Plinio. En el siglo XX mismo ha habido en Nápoles procesos por este tema: una persona que ha puesto a otra un pleito porque consideraba que la propietaria o el propietario de la casa no le había puesto en antecedentes sobre semejante situación. Efectivamente, en 1907, un abogado llamado Zingaropolli de Nápoles, defendió a la duquesa de Castelporto, según tengo anotado frente a la baronesa Englen, porque la baronesa le había alquilado a la duquesa una casa en estas circunstancias, y el tema se discutió, se debatió en ámbitos jurídicos. De allí pasó a ser objeto de estudio de ciertos hombres de ciencia que estudian estos fenómenos, que se llaman psíquicos, o las investigaciones psíquicas de algunas sociedades como una que hay en Inglaterra. El resumen lo pueden ustedes encontrar en dos libros: uno es de un astrónomo famoso, muy metido en este ámbito de investigaciones, que era Camile Flammarion. Flammarion publicó en 1923 un estudio sobre las casas y los lugares habitados de esta forma excepcional; y hay otro estudio más moderno de Raoul Montandon del año 1953 sobre el mismo tema. Estos autores, desligándose de nuestro concepto del problema, que puede ser puramente un concepto de la leyenda como transmisión por vía de la lengua escrita o hablada, se plantean la realidad de los hechos. Es decir, que hacen una suma de "testimonios", pongámoslo entre comillas, acerca de la cantidad de veces que se ha repetido la afirmación de que hay esta clase de problemas en casas como las que habitaba el filósofo griego o las que habitaba en Bolonia el estudiante español. Aquí tendríamos que aceptar que muchos fenómenos de localización, de particularización, según nuestro juicio, son fenómenos reales de existencia de hechos incontrovertidos. Este no es nuestro caso y este no es más que una muestra entre varias de lo que para nosotros es la localización a lo largo del tiempo y del espacio, de algo que proviene no de la realidad física sino de la imaginación.

El problema, como les digo, rebasa la investigación que aquí nos proponemos, y vamos a seguir con este problema de la localización a larga distancia en el tiempo, y también en espacios muy distintos de un mismo hecho muy parecido a otro entre sí. En Italia, sobre todo la Italia meridional, ha habido la creencia en la existencia de un personaje humano que por circunstancias distintas abandona la familia, abandona la tierra, se sumerge en el mar y vive en forma de pez. Este italiano se llama el Pesce Cola. Ya en tiempos de Guillermo II de Sicilia, es decir, entre el año 1166 y 1189, hay testimonio de que el Pesce Cola aparece en los mares del sur de Italia. Pero, en fin, vamos a pensar que seguimos en pleno ámbito de transmisión. Otro autor inglés lo da como vivo en 1239, es decir, ya mucho después. Luego nos encontramos que, a lo largo de los siglos, va apareciendo no ya en Sicilia sino en el mar de Nápoles. Se incorpora al folclore de la ciudad en la que hay alguna casa en la que se dice que está representado, y, de repente, ya en 1608, aparece en el folclore español y en un pliego de cordel de España donde el tal Peje Nicolao se documenta como aparecido en el mar Mediterráneo español. Aquí no tenemos más ni menos razones para pensar en la realidad de las que tenemos para estudiar otros fenómenos de actualización. Para nosotros este caso es igual que el de las casas habitadas aquí y allá. Pero resulta que en el siglo XVIII hay testimonios del que el P. Feijoo creyó en la autenticidad del hombre-pez de Liérganes que andaba por el Cantábrico entre los años 1679 y 1690. El caso es que hay que aceptar que los elementos misteriosos actúan de una manera poderosa, en el sentido de la razón por la que este hombre o este ser es condenado a la vida marítima. En varias circunstancias se considera que esta vida marítima se debe a la maldición de una madre por causa de desobediencia; es decir, que nos encontramos con el elemento religioso, místico o mítico si quieren ustedes, de la razón por la que el hombre-pez o, como en otros casos, sirenas o mujeres acuáticas, viven en el medio por causa de maldición materna.

La localización, la actualización, vemos, pues, que es un hecho constante. Podríamos meter también en este catálogo de localizaciones fantásticas otro tipo de mansiones habitadas, pero no por muertos ni por fantasmas de este tipo, sino la cantidad de casas de duendes que hay en España y que han dado lugar a leyendas muy conocidas en ciudades como Madrid, Toledo o Valladolid. Y, en este caso, podemos poner también la densidad de creencia en esto que existe documentada en el Pirineo aragonés. El duende hispánico tiene también una forma estereotipada, tipificada, y se actualiza para siempre con esta forma: frailecillos, enanillos que van vestidos de frailes, que llega en la representación hasta las famosas que hizo Goya. A estas formas aluden, por ejemplo, textos de Lope de Vega en El castigo del discreto. Es curioso advertir que así como los interesados en las llamadas "investigaciones físicas" hallan un fundamento a la creencia de tales casas que se ha dado como algo ya científico, hay otros aspectos que no se consideran científicos y, sin embargo, tienen una misma raíz de creencia, como lo que se cuenta acerca de los signos que caracterizan a las casas de duendes, etc. etc. Vemos, pues, que hay una tendencia que podemos considerar psicológicamente desde un punto de vista, sociológicamente también desde otro, a la actualización y a la localización. Incluso podríamos plantearnos en última instancia por qué en España hay tantas casas de duendes o tantas casas habitadas por fantasmas, más o menos terroríficos, en el acervo legendario de las ciudades y de los campos, y por qué, por ejemplo, en Inglaterra se ha podido escribir un tomo considerable con la catalogación de los castillos o iglesias habitados por fantasmas. Es decir,hay una caracterización lógica en estos temas que sería curioso ampliar y perfilar con otros casos nuevos.

Ahora vamos a hablar algo de dos hechos que son distintos entre sí. Uno es el de la personificación y otro el de la personalización; dos hechos que voy a procurar distinguir. Personalizar sería prestar existencia individual o de tipo antropomorfo a una abstracción. Ahora veremos, con ejemplo, más clara la significación de esta definición hecha. Personificar es asignar a determinada persona los rasgos de otra que existió antes o se imaginó antes. Por el primer procedimiento vemos que han surgido modelos, arquetipos, figuras, que arrancan de la consideración de estos temporales como el caso de la personalización del Tiempo. En este caso, empezamos por encontrarnos con que los antiguos ya hacen una figura mítica pero con formas humanas, un anciano que devora a sus propios hijos, que es la personalización del Tiempo, que es Kronos o Saturno. Esta personalización va unida a mitos terribles, como saben ustedes. Pero, como otras veces, vamos a dar un salto en las edades y vamos a dar un salto en el tiempo mismo, y nos encontramos con que en el mundo cristiano también hay esta clase de personalizaciones, si no iguales a la del Tiempo en sí, sí otras parecidas. Por ejemplo, el calendario cristiano fija unas fechas para la Cuaresma y sobre ellas se determina el período, el tiempo del Carnaval, Carnestolendas, Antruejo, es decir, el Introito, que tiene una significación primaria de "entrada", "entrada a algo", es decir, la entrada del período de la carnalidad, o de la libertad en muchos términos al de la espiritualidad, al abandono de la carne en el sentido moral y religioso y de entrada en una época de ayunos, abstinencias, penitencias, que indica la espiritualidad en el sentido cristiano. Pues bien, es conocido que en Europa desde época remota de la Edad Media, tanto el Carnaval como la Cuaresma se han personificado. Estas nociones de tiempo han adquirido la forma de una persona y la de Carnaval se ha representado por un hombre grueso, comedor, bebedor, lujurioso, representante de la carne que es, ni más ni menos, el de don Carnal que pueden ustedes encontrar maravillosamente descrito en el Arcipreste de Hita; de otro, la de una mujer delgada, asténica, que es doña Cuaresma. Dos personalizaciones del tiempo que dan efigies populares, que dan imágenes plásticas conocidas, porque no fue el único, naturalmente, el Arcipreste el que contó la batalla encarnizada entre el uno y la otra, seguidos cada cual por huestes distintas, sino que también hubo pintores geniales que los representaron como Breughel el Viejo en un cuadro famoso. Un ejemplo mejor de personalización no se puede dar. Pero todavía hay algo que va más allá que es hacer que estos personajes tan simbólicos, tan atractivos, tan metidos en la conciencia medieval, en el alma popular, tomen un carácter, un trasunto religioso-burlesco dentro del calendario. Porque del Carnaval, de don Carnal, hay textos castellanos que hacen un Sant Antruejo, un santo burlesco, la parodia de un santo en esta representación o también puede darse que le den otros nombres alusivos a la carnalidad, a la gula, etc.

Ven ustedes lo que puede significar la personalización en el mundo de la leyenda medieval y en el mundo de la representación del Tiempo. Pero la liturgia cristiana da lugar a otras personalizaciones, da lugar a personalizaciones más localizadas, menos famosas que éstas, pero que tienen su interés para hacer el estudio general de este criterio de personalización que quiero que quede claro ahora aquí. En la liturgia nos encontramos una serie de nueve antífonas en latín que se cantan en los tiempos inmediatamente anteriores a la Navidad y que en francés llaman Les O de Noël, por la razón de que las antífonas que, como digo, están en latín, empiezan con una exclamación y la letras "o", O radix, O lux, etc., y, como digo también, éstas se cantan los días, nueve días, anteriores a la fiesta. Son nueve antífonas y a esta época en francés también se le ha llamado la de Les oleries, es decir, "la época de la O", por esta razón. Pues bien, hay un ámbito en el norte de Navarra, en mi tierra familiar, en la zona cercana de Guipúzcoa, que hasta una época relativamente cercana pertenecieron a la diócesis de Bayona, a un obispado francés, en la que se celebra la Navidad con un anuncio. Este anuncio está también personalizado por un personaje raro que es una especie de muñeco grotesco, un carbonero tragón, ignorante, bruto, que representa el paganismo, personaje grotesco que está haciendo carbón en el monte en el momento en que se anuncia la venida de Cristo. Precisamente estos días de Navidad se personaliza a la figura con el nombre significativo de olentzaro, olentzero, orentzero; la primera forma está claro que es el tiempo de la "O". Como ven, aquí hay una personalización también del tiempo, como se da en el caso de don Carnal y doña Cuaresma. Cabe encontrar otros ejemplos en Occidente de esta forma particular de personificar, de darle a un concepto abstracto la forma de una figura casi carnal o, por lo menos, una figura humana. En otros mitos también nos podríamos basar para encontrar fenómenos de personalización de un ámbito, de una época o de una fecha determinada y siempre con este criterio de localización. Pero creo que con estos ejemplos basta para ilustrar el problema y vamos a pasar, aunque ya nos queda poco tiempo, al otro concepto que yo distinguía: personalización, de un lado; personificación, de otro.

La personificación es algo distinto a esta forma de ir de lo abstracto a lo concreto. Es ir de algo que es en sí bastante concreto, a algo que todavía es más concreto que es la persona en sí. Por ejemplo, nos encontramos con cosas, hechos, que en abstracto podemos considerar que se aplican casi siempre a personalidades mágicas. Pero luego, haciendo estudio de estos hechos, vemos la necesidad de referirnos a personalidades concretas y, en un caso, podrá ser el marqués de Villena, del que ya hablamos el otro día, el doctor Torralba, del que también hablamos, de otros magos más oscuros, como Juan el de Bargota, que es contemporáneo, poco más o menos del marqués, del doctor Torralba y a los que se atribuye siempre algo parecido o lo mismo: el vuelo extraordinario y en casos también, ciertas situaciones. En el caso del doctor Torralba insinuábamos la posibilidad de que sobre la leyenda cayera también un factor psicológico, personal o, si quieren, psicopatológico. En otros casos de personificación es evidente que este factor psicopatológico individual está claro.

Vamos a coger para terminar hoy un caso muy conocido. Ustedes saben que desde una época muy remota existe la creencia en el judío errante. La figura del judío errante que aparece como un hombre que en una ocasión única hace burla de Jesucristo y está condenado a vagar eternamente por el mundo a causa de esta burla. Podemos encontrar muchos textos, o bastantes textos por lo menos, de cómo en épocas distintas ha habido rumores de la aparición aquí y allá del judío errante. Este personaje en el folclore español también toma un nombre muy significativo que es el de "Juan de vota Dios" o de "voto a Dios" y el de "Juan de espera en Dios". El caso es que este Juan o este personaje, que vive siglo tras siglo y que aparece de vez en cuando, en el siglo XVI da lugar en España a que aparezcan personajes individualizados que se hacen pasar por él o a los que la gente, la comunidad, les atribuye esta personalidad. En El Crotalón que está escrito en 1553, se cuenta un caso de simulación curioso en el que el autor, quien sea, del libro, compara con el contado por Luciano de Samoscita de un antiguo simulador griego, Alejandro de Abonotijos. Pero resulta también que, explorando los procesos inquisitoriales de la Inquisición de Toledo, hace años me encontré con que en 1546 se formó un proceso contra un tal Antonio Rodríguez, de Medina del Campo, que también se había hecho pasar por este personaje misterioso y eterno y que dio ocasión a grandes alborotos populares. En el siglo XVIII es claro que algunos farsantes, simuladores de más fama como el conde de Saint Germain, hicieron lo mismo. Como ven, a veces, el criterio de personificación está unido a un factor que podríamos llamar de simulación, en el que puede haber algo que ya entra en un campo que es el que nosotros no podemos tocar, es el de la psiquiatría, de la psicopatología y concretamente con un hecho que, desde el punto de vista legendario, tiene mucha importancia, que es la asunción de un papel en una situación determinada y la creación de mitos en torno a esa situación. Es decir, que, por ejemplo, en la época de los procesos de brujería hubo niños y gente más o menos perturbada por la acción social, que asumieron el papel de víctimas, de testigos, de actores, en circunstancias legendarias, folclóricas, asistencia a aquelarres, vuelos, etc. etc. Esto está documentado en ámbitos culturales distintos por grandes especialistas en medicina legal, en psiquiatría, no solamente infantil, en lo que se llaman los fenómenos de mitomanía, que es una forma de mitificación que se da en procesos criminales, etc. y en las que un testigo asume una representación.

Como ven, en el estudio de la leyenda que estamos haciendo hoy particularmente, nos encontramos con fronteras muy amplias y que dentro de una especialidad no podemos dominar. Pero con nuestra técnica modesta, puramente humanística, sí podemos ver que los fenómenos de personificación, de actualización y localización, son fenómenos que pueden tener gran importancia en la vida cotidiana de los pueblos y producir situaciones que son embarazosas, situaciones equívocas, situaciones que se prestan a discusión fuera incluso de nuestro ámbito. Ya va avanzando el tiempo, tenemos que terminar, y para el día próximo voy a reservar la discusión o el estudio de algo que es importante también, si no de codificar, de establecer de una manera más segura de lo que está, es decir, quiénes y cómo se hacen las transmisiones de los hechos y de las leyendas de una manera sistemática. Creo que ya con esto podemos dar por terminada esta intervención mía este año. El campo es amplísimo, podrían darse muchísimos más ejemplos y podrían estudiarse muchísimos más temas, pero me ha parecido útil seleccionar entre muchos cientos de ellos los más ilustrativos y más significativos desde un punto de vista teórico.

 

Julio Caro Baroja
Antropólogo. Madrid

 

 

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