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Soliloquio sobre la inquisición y los moriscos

Antecedentes del proceso y Auto de Fe de Logroño (1609)

Soliloquio sobre la inquisición y los moriscos

Es evidente que la Historia tiene que ver con la Moral, pero lo que no es tan claro es cómo tiene que ver. Para los hombres de confesión y de doctrina, no hay duda. Los buenos están a un lado y los malos a otro. La misión del historiador es exponer las maldades de unos (que llegan a lo físico o material) y las bondades de los otros; además, en esta tarea bastante similar a la del predicador o el abogado, hay que demostrar que son los hechos los que cantan, es decir, que el expositor hará gala de objetividad, rigor científico, equilibrio, además de convicciones y se sentirá como el juez justo ante el pleito claro.

La Historia es el triunfo de la Verdad; todo con mayúsculas. Lo malo es que hace ya mucho que los historiadores geniales no estuvieron de acuerdo con esta posición y que pensaron que la Moral propiamente dicha tiene poco que ver con el juego de las acciones humanas en la Historia. Tucídices frente a Herodoto. A los que, historiadores profesionales o no, han defendido postura semejante en épocas modernas, se les ha llamado «maquiavélicos», dando a la palabra un sentido peyorativo de inmoralidad. Hoy día hay que confesar que existen pocos discípulos de Tucídides y sí muchos autores de sermones moralizadores, de derechas y de izquierdas, que terminan juzgando; y, sobre esto, tenemos la lacra de las «escuelas» y de las rivalidades, un tanto farisaicas, de cátedras, profesores, candidatos en estado de merecer y alumnos.

Lo que para unos es la verdad absoluta, para otros es un conjunto de errores groseros, de patrañas o de malos argumentos. La sentencia pascaliana acerca de la significación de los Pirineos para determinar lo que es verdad o no, podría adaptarse a otros accidentes o elementos físicos, por ejemplo, las paredes de un flamante instituto de investigación. Se comprenderá así que el tratar de asuntos como el que me toca desarrollar ahora, es decir, el de la Inquisición y los moriscos tomando como ejemplo y guía a un historiador precristiano y aún tachado de ateo por algunos, puede decir cosas que parezcan horribles a una serie de gentes beatífícas en todo o, cuando menos, aquejadas de beatería intelectual.
Hacer la apología de la Inquisición es difícil desde hace tiempo. Hacer públicos sus horrores y errores, más fácil pero, en todo caso, las dos tareas se han llevado adelante y no seré yo el que vaya a continuarlas. Si hubiera vivido en tiempos de la Inquisición, creo que habría sido un enemigo más o menos tácito de ella. Pasado el tiempo en que funcionó, he de ser enemigo de los hábitos que dejó metidos en sangre a muchos españoles hasta hoy y que del ámbito religioso han pasado al político y burocrático. Hábitos de soplonería, denuncia secreta, ventajismo oficial, fanatismo y otras lacras que conocemos por experiencia larga.
El haber vivido años en que rebrotó la casta de los denunciantes públicos, de lo que en castellano antiguo se llamaron malsines y en griego recibió el raro nombre de «sicofantes», nos puede servir para recrear o revivir históricamente otras épocas y otros ambientes. También puede servirnos en este caso el haber observado los efectos terribles del odio entre grupos raciales. Pero vamos al cuento.

«A más moros, más ganancia»

En los estados medievales de la Península Ibérica, Iberia o España, aparte de diferencias étnicas y lingüísticas que caracterizaban, como hoy caracterizan, a catalanes y aragoneses, castellanos y navarros, gallegos, asturianos o vascongados, portugueses y andaluces, etc., había tres grupos étnicos de significado religioso: en esencia, cristianos, moros y judíos. Cuando don Carnal hacía su «convocatoria» famosa en el poema del Arcipreste de Hita, empezaba así:


«Don Carnal poderoso por la gracia de Dios A todos los xristianos, moros é judiós»

Como un rey podía hacerlo.
En el siglo XIV vivían moros y judíos repartidos en proporciones diversas en las distintas partes de España. Los moros que quedaron en los estados cristianos reconquistados, estaban más concentrados al Este y al Sur; también los había en ciertas zonas del centro y llegaban hasta la parte más meridional de Navarra y Cataluña. En las ciudades había barrios enteros constituidos por esta clase de población, pero otro sector grande vivía en aldeas, alquerías y granjas de señores. En Aragón y Valencia había pueblos enteros de moros. La población judía era esencialmente urbana. Aunque no faltaban, eran pocos los judíos que vivían en distritos rurales.
El elemento cristiano dominante por doquier, salvo en el pequeño y muy abatido reino moro de Granada, tenía una postura ambigua entre los pertenecientes a las dos grandes religiones sometidas. Vivían los judíos pegados a los castillos reales y siendo a veces personas de toda confianza de monarcas y grandes. De vez en cuando, el pueblo guiado por hombres religiosos y violentos, irrumpía en las aljamas, hacía grandes matanzas y saqueos. En casos, también se obligó a muchos judíos a convertirse al Cristianismo por la fuerza, por miedo. Primeros intentos de «unificación». Benditísima palabra siempre.
Los moros, que recibían nombres distintos y que eran conocidos en general por mudéjares, vivían con sus autoridades religiosas y civiles que han dejado leyes escritas, incluso en romance, partiendo siempre del Corán. La «Morería» era su barrio propio en los núcleos mayores y solían ser buenos artesanos y artífices. Más famosos eran aún como hortelanos y cultivadores de vergeles con variedad de árboles frutales, en tierras de regadío. Económicamente dependían de señores cristianos que sacaban de ellos mucha ganancia. Un refrán que se popularizó y que está en el Vocabulario de Gonzalo Correas, es el de «A más moros, más ganancia».
Los señores en sus estados, sobre todo en los reinos de Aragón y Valencia, tenían a los moros muy sumisos, más sumisos que a los vasallos cristianos. Entre el labrador cristiano viejo que cultivaba trigo y cereales en los secanos y el moro horticultor se desarrolló una antipatía que quedó hasta la época del conflicto final con los moriscos, según expresan textos como el del aragonés Aznar de Cardona.
Pero no sólo era por leyes civiles y religiosas, géneros de vida, trabajo y estatuto dentro de los reinos por los que los moros eran distinguibles. Se distinguían también porque hablaban el árabe, mejor o peor, y el romance con peculiaridades propias. Su atuendo, sobre todo el femenino, era distinto, como distintas eran las comidas, fiestas y tradiciones en general. En última instancia, escribían también con caracteres árabes tanto en su idioma como en el romance, al que llamaban aljamia. Modernamente se han hecho grandes avances en el estudio de la literatura aljamiada que llega a los moriscos. En término de lo que los antropólogos llaman «Cultura», los mudéjares tenían una y los cristianos otra, con sus variedades regionales que hacían distinguirse al moro «tagarino » de la banda del Ebro, del valenciano, del andaluz o el murciano.
El espíritu de linaje, la solidaridad agnática era entre ellos más fuerte de lo que se ha dicho, siguiendo acaso demasiado al pie de la letra un texto memorable de Aben Jaldún.

Comienza el drama

A fines del siglo XV, esta situación que puede considerarse válida para los doscientos años anteriores, queda cambiada por completo. El reino de Granada cae. Los moros son totalmente vencidos como potencia estatal. El enemigo secular ha desaparecido ante el empuje evidente de los cristianos que se expresa no sólo en la guerra. Los moros que quedan en el reino conquistado son gente parecida en hábitos y costumbres a los mudéjares viejos, salvo algunas familias aristócratas que de modo más o menos lento se incorporan a la nobleza cristiana o se «camuflan» como pueden.
Y aquí comienza otro gran drama. Los moros granadinos son objeto de grandes campañas de catequización llevadas adelante por dos hombres de temperamento distinto. Fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada es un hombre religioso en esencia. Fray Francisco Jiménez de Cisneros, un religioso con ideas políticas. Lo que el uno quiere llevar adelante por medio de la mansedumbre y paciencia, el otro lo procura realizar por métodos de fuerza y hasta de soborno. Hizo una gran limpia de libros arábigos, bautizó en masa y las coacciones fueron tan grandes que en 1500 y 1501 hubo revueltas. Se dio otra opción entonces. Salieron más moros a Berbería y los que quedaron, como otros de Castilla, se bautizaron en bloque. Ya son todos cristianos. Otro paso hacia la deseada «Unidad».
Desde mucho antes de 1492 se considera que la «Unidad» es un bien. Ya en tiempos de Herodoto, cuando los griegos llegaron a triunfar de los persas, corrieron lemas unitarios como el de «igualdad ante la ley, igualdad de idioma; democracia». En otras épocas, los ideales de «Unidad.. han sido otros.
Los elementos que lo pusieron en marcha, allá en tiempos de los Reyes Católicos, eran burocrático-teocráticos y el que representó mejor la combinación de los intereses monárquicos y los intereses de la Iglesia fue el cardenal Cisneros, seguido en esto por Carlos V. Dejemos por unos momentos a los grandes de la tierra haciendo grandes cosas y hablemos de ciertos cambios sobrevenidos a raíz de la conquista de Granada, en las generaciones que empiezan a actuar a comienzos del siglo XVI.
No cabe duda de que entonces hay unos años de orgullo colectivo entre los cristianos viejos. No cabe duda también de que se constituyen firmes unos ideales que podrían llamarse «neogóticos» o un sistema de valores en que la fe, la sangre y la espada andan unidas. Todo es «hacerse de los godos» y extasiarse ante la propia perfección. Los vencidos, los oprimidos, sean «cristianos nuevos» de moro o «cristianos nuevos» de judío, no sólo tienen una mácula religiosa cercana. Son también de «sangre impura». Este peculiar cristianismo hispánico, en última instancia, es el resultado poco cristiano en verdad de que pueblos enteros vivan obsesionados por nociones como la de «limpieza» o «pureza» de sangre y que proliferen los famosos estatutos, que excluyen de cargos determinados no sólo a los conversos sino a sus descendientes por algún costado. La pureza en beneficio del «enchufista». iQué hermosura!
Nadie puede calcular lo que la aplicación de estas ideas ha costado en términos de dinero, de preocupación, de vergüenza y esfuerzos de astucia. Nadie puede determinar la cantidad de neurosis y monomanías que han podido producir. Nadie sabrá, a punto fijo, la cantidad de ficciones, ocultaciones y posiciones ambiguas que. ha producido el miedo a la impureza y la baladronada goticista. Los franceses e, italianos del XVI, observadores malévolos del poder hispánico, ya dijeron bastante con respecto a este ambiente en el que se crea todo el lenguaje.
La palabra «morisco», por ejemplo, parece suponer la existencia del latín «mauriscus». En griego vulgar también «maurikós». Con valor adjetivo en el habla medieval, registra vocablos adelante como «grecisco», equivalente a griego o cosa de griegos y en el se habla común «berberisco», El «morisco» aparece al bautizarse, «vellis nollis», el moro, el mudéjar, sea tagarino, elche o de la estirpe y actividad que sea.
Covarrubias, en su Tesoro, lo definiría así, casi al tiempo de la expulsión: «Los convertidos de moros a la Fe Católica».A esto añade: «y si ellos son católicos, gran merced les ha hecho Dios y a nosotros también». Notemos el tono reticente.
El morisco es un personaje tópico en la España del XVI, como lo puede ser el vizcaíno, eI mercader de origen hebreo, el soldado fanfarrón o el pícaro. Se usa de especial perspectiva para juzgarlo. Con relación a tiempos pasados, el moro es una cosa. En el presente, el morisco, otra muy distinta El antiguo sabio astrónomo y astrólogo, arquitecto estupendo, caballero cumplido, galán sentimental y generoso. El moderno, un pobre hombre de negado, cerril, terco, dedicado a las tareas humildes, los mismo en el campo que en la ciudad. Comer berenjenas era propio de su calidad de horticultor. Hace buñuelos lo propio de la estirpe en las plazuelas y callejas de villas y ciudades.

Los romances fronterizos y otros referentes a los últimos tiempos de la monarquía granadina, los cultos y más tardíos también, nos dan una imagen romántica del moro que influye sobre la literatura europea hasta la época de Chateaubriand, por lo menos. Por ejemplo, Johann Gottfried Von Herder, se recreaba traduciendo:

«Abenamar, Abenamar!
Mohr aus diesem Mohrenlande
Jener Tag, der dich geboren
Hafte schöne grose Zeichen».

O aquello del moro Zaide.

 

El «malsín»

En el seiscientos, se ha creado una Moral. Sí, pero una Moral Pública. Ojo con la distinción. Se ha creado toda una estimativa o Axiología que se impone a la sociedad. ¿Qué hará el historiador, el observador lejano en el Tiempo, ante ella, si quiere aplicar a su estudio criterios de Moral evangélica o socrática, o filosófica, en general? Confundirse y confundir si no deslinda los campos. Voy a deslindarlos antes de seguir adelante. Personalmente, como individuo hijo de mi medio y de mi tiempo, tengo una aversión total por la vida pública. Pienso con frecuencia que la Política es el raro arte de hacerlo todo mal, cuando de vez en cuando hay ocasiones de hacer las cosas bien o regular. Una de las formas que los políticos tienen de malbaratarlo todo es la de prolongar lo que debía de ser corto y rápido, convirtiéndolo en largo y pesado. La Inquisición española -dicen algunos--, fue un instrumento creado al calor de los acontecimientos y en vistas a una situación político-religiosa dada. Será esto verdad, pero el prolongar su existencia hasta el siglo XIX es un hecho que indica una ligereza mastodóntica por parte de los hombres de gobierno. Ilusión loca de inmovilismo y expedientes pobres para mantener el «orden». Pero esta ilusión tenía muchos adeptos en tiempos antiguos y aún la tiene en éstos, para mí desdichados, en que vivimos.
Dejo pues la Moral individual, mi Moral, a un lado y sigo con el análisis de la situación creada, desde el punto de vista de los valores políticos y religiosos colectivos. Durante los primeros años de su funcionamiento, la Inquisición española se ocupó de modo preferente en fiscalizar y controlar la vida religiosa de los judíos bautizados y de sus descendientes. Todo: el tinglado administrativo que se montó con este finpeculiar, se aplicó también a otros fines, como el de reprimir las infiltraciones luteranas en la primera mitad del XVI, más tarde las calvinistas, en castigar incrédulos, blasfemos, escandalosos, hechiceros y hechiceras de distintas castas y pelajes, brujos y brujas. En nombre del bien común y de la «Unidad». «Au service de I'ordre», como podría estar Mr. Paul Bourget a comienzos de este siglo dentro de estructura política muy distinta.
El señor Inquisidor, allí donde funcionaba su Tribunal, actuó e hizo actuar a la gente produciendo, mecánicamente casi, un tipo de persona que se da en distintas sociedades y que cobra perfiles muy acusados en la que nos ocupa: este tipo es el del malsín, el malévolo denunciador secreto, el soplón o chivato. como ahora se dice. «Malsín -vuelvo a Covarrubias- es el que de secreto avisa a la justicia de algunos delitos con mala intención y por su propio interés». Malsines hubo en los estados medievales. Los malsines desempeñan siempre un gran papel en tiempos de Despotismo y de Terror, en que los conceptos de «delito» y «justicia» andan como Dios quiere. Mas para operar fríamente en términos históricos, dejemos a un lado a los chivatos modernos y a los malsines de hace cuatrocientos o más años. Recordemos a los sicofantes mencionados al principio. El ejercer de sicofante en Grecia no es en origen algo reprobable. Acusar públicamente a los criminales y delincuentes era un deber.
¿Pero quiénes eran los criminales y delincuentes? He aquí el quid. Pronto se dieron abusos y la «delatoria curiositas» de unos se unió a la maldad interesada de otros para atacar a gente distinguida y por lo tanto, envidiada. Desde el siglo V a. de C. el sicofante es un ser del que se habla con desprecio. Más tarde en Roma, en épocas de tiranía de algunos emperadores o de anarquía militar, el malsinar estuvo a la orden del día. Siempre ante una «justicia» y un «orden» con unas figuras de delito también. Pero, vuelvo a mi tema, ¿qué tienen que ver este orden y esta justicia con la Moral individual? Son casi siempre productos contrarios a ella.
La Inquisición española acaso usó de los malsines en forma más recatada que los tribunales griegos y romanos. Fueron sin embargo la obsesión de los judaizantes. Simmel, en un pasaje de su Sociología, alude tomándolo de alguna tradición judaica, a los llamados «garduños» ¿Pero en qué modo los moriscos fueron objeto del interés de los inquisidores y de denuncias de malsines y otras gentes? De un modo particular y diferente a como fueron vigilados y perseguidos los conversos de judíos y judaizantes o a como se controlaban los dichos y hechos de los cristianos viejos «descarriados».
Se arranca siempre al juzgarlos de la inferioridad no sólo cultural sino también psíquíca de los del grupo en bloque, en contraste con la excelencia que se atribuye al cristiano viejo desde el punto de vista intelectual.

Manipulaciones

El morisco bautizado aparece casi siempre como un hombre imposible de catequizar, de cristianizar, espiritualmente hablando, hágase lo que se haga. Así lo presentan todos los autores «antimoriscos» en el momento de mayor pasión y varios teólogos y consultores del Santo Oficio. También otros textos, en apariencia más objetivos. Pero la realidad es que cuando una religión triunfa e impera, apoyada en un fuerte poder político, las posibilidades de resistirse a ella son menos fuertes de lo que se dice. Hay gente que adopta una postura acomodaticia. Los acomodaticios no son de hoy. Hay gente que se convierte de verdad, digan lo que digan los enemigos de su grupo o los que quedan reacios. Al tiempo de la guerra de Granada, durante el reinado de Felipe II, había en la ciudad bastantes hijos de moriscos que eran sacerdotes católicos y jesuitas, cristianos sinceros. En un ánimo sensible que se encontrara ante el dilema de escoger entre la religión secreta y la pública, la lucha podía ser terrible porque las calidades intrínsecas del Catolicismo del XVI podían arrastrarle.
De nada de esto se habla casi. El problema de la conciencia se plantea en términos de una tosquedad que raya en la brutalidad. Más aun, si cabe, cuando se trata de los conversos de judío que por pertenecer a un estamento con mayor cantidad de gentes sutiles podían dar formas más variadas de religiosidad. ¿Pero a qué meternos en honduras? El cristiano viejo, el converso de judío, el judío, el moro y el morisco son seres mondos y lirondos, cortados por patrón según la Estimativa referida, manipulada por burócratas y políticos.
El papel de los grandes literatos españoles de la época en torno a la estimación de los moriscos y a su expulsión, es de sumisión total al criterio gubernativo. No podría haber sido otro, pero hubiera sido mejor guardar silencio que demostrar complacencia en casos evidentes de violencia ordenancista y populachera a la par. Examinemos ahora un poco de cerca algunos documentos.

Mahometanos convencidos

Hace ya más de sesenta años que el bibliotecario que estuvo al frente de la sección de manuscritos de la Biblioteca Nacional, don Pedro Longás, sacerdote aragonés al que yo traté, publicó un estudio esmerado acerca de La vida religiosa de los moriscos. Este libro se compuso a la luz de muchos manuscritos de las Inquisiciones de Aragón, Toledo y Valencia y de otros documentos privados y públicos. Es una prueba evidente de que los moriscos procesados procuraban seguir la ley islámica en todos sus aspectos. Artículos de la fe, mandamientos de la ley, profesión. Esto para empezar. En materia de abluciones y purificaciones, los documentos hablan de las existentes y es inmenso el espacio dedicado a las oraciones, sus formas, horas y objetos.
Los preceptos referentes al ayuno y la limosna fueron seguidos también con escrupulosidad. Resulta curioso observar cómo hubo moriscos que cumplieron con el quinto y último de los preceptos islámicos haciendo la peregrinación a La Meca.
En 1897 publicó en Zaragoza don Mariano de Pano las Coplas del peregrino de Pue Monçon, que son ilustrativas a este respecto. Resulta, en fin, que en todos los actos de la vida, desde el nacimiento a la muerte pasando por el matrimonio y las prescripciones alimenticias cotidianas, estos moriscos con causa inquisitorial eran mahometanos de fe y de acto. No es esto todo. El libro de Longás se ciñe a lo preceptivo: en los archivos de la Inquisición y a través de otros documentos, se ve también que en lo que se refiere a formulas mágicas, a técnicas astrológicas, a mitos y leyendas, vivían también dentro de una tradición arábiga, no cristiana. Al publicar, en 1912, los dos grandes y admirables maestros del arabismo español, don Julián Ribera y don Miguel Asín, el catálogo de unos manuscritos árabes y aljamiados adquiridos por la «Junta para ampliación de estudios» que se habían descubierto en 1884 en Almonacid de la Sierra escondidos entre un piso ordinario y un falso piso de madera, atribuían a la decadencia de la instrucción teológica de los moriscos la abundancia de libros y librillos de esta clase. En realidad, los que coleccionaban los libros con fórmulas y recetas maravillosas para obtener todo lo humanamente apetecible, seguían también una viejísima tradición del Islam.
No menor desarrollo tienen en aljamía las narraciones legendarias, fantásticas por un lado. Por otro, los formularios notariales y judiciales. Lo más lejano a la realidad cotidiana y lo más próximo a ella.

La «cuestión morisca»

Parece, pues, que la Inquisición tenía que habérselas con esta gente como el grupo escandaloso de «apóstatas» de la fe, según la terminología de la época. Porque los moriscos lo eran en público y en privado y se curaban poco del hecho de haber sido bautizados, de tener iglesias en los pueblos donde vivían en mayoría y donde se hacían misiones, etc. Sin embargo, no puede decirse que en la larga historia del Santo Oficio los moriscos hayan sido objeto de preocupación tan constante e intensa como los judaizantes, los protestantes y hasta los los cristianos viejos, lanzados a opinar a su modo. Esto, por dos causas. La primera, temporal. Desde los primeros bautizos en bloque a la expulsión sistemática, pasa un poco más de un siglo y la Inquisición empieza algo antes y dura dos siglos más. Aunque en tiempos de Felipe V hubo todavía en Granada un auto de fe en que se castigó a los descendientes de ciertos moriscos que habían quedado después de la expulsión particular del reino y también de la general y posterior de España, las causas en que entra en juego el Mahometismo después de la expulsión general, son, sobre todo, contra esclavos bautizados y contra renegados.
En segundo lugar, la «cuestión morisca» no es sólo una cuestión religiosa. Es también, o más, una cuestión política y étnica. Hablemos del asunto étnico. Nuestra época es pródiga en explosiones de violencia que se condicionan por odios raciales, mezclados con diferencias de religión. La tendencia común de ciertos doctrinarios actuales es la de afirmar que bajo la apariencia del odio racial «subyace» siempre la lucha de clases; el problema económico, El empleo de un bonito verbo como éste de «subyacer», evita meternos en honduras y determinar cómo se establecen los yacimientos y los subyacimientos. Pero lo que es evidente es que cuando un poder absoluto y despótico deja manos libres a sus partidarios absolutistas, los odios raciales adquieren formas violentísimas y encubiertas también con grandes ropajes de justicia y de virtud. Explotan asimismo cuando hay guerras civiles y situaciones de anarquía, tales como interregnos y gobiernos indecisos.
Los levantamientos de los moriscos fueron frecuentes antes de la gran rebelión de Granada contada en el áureo libro de Hurtado de Mendoza de modo clásico y de otras formas más analíticas por Mairmol Carvajal y Pérez de Hita. El odio popular y plebeyo se vio apoyado hasta cierto punto por la acción de algunos funcionarios ordenancistas y por una nube de cagatintas y agentes policiales subalternos. Si en el siglo XX esta combinación conocida da los resultados que da, no se ha de pedir que en el siglo XVI, con una monarquía confesional y absolutista, pudiera llegarse a actos de conciliación. El morisco odiaba como tal al cristiano. El cristiano al morisco. Las pruebas son muchísimas y no hay para qué acumularlas ahora.
Así pues, podemos decir que dentro de la monarquía absolutista había un cuerpo enquistado. El morisco se afirma una y otra vez, simpatiza con el mayor enemigo que tiene aquélla entre los infieles: el «Turco». En las playas de Valencia y Andalucía se cuentan casos y más casos de apoyo de la población morisca a turcos y berberiscos. Por otra parte, en sus negocios de arriería el morisco trae y lleva noticias y al fin es, o puede ser un agente de la monarquía cristiana frontera y enemiga: la de Francia. No dejó de hacer la Inquisición averiguaciones minuciosas acerca de la conexión de moriscos, turcos y franceses. No hace mucho el Dr. Peter Dressendörfer ha estudiado los procesos de moriscos de la Inquisición de Toledo entre 1575 y 1610 y ha puesto bien de relieve estas conexiones evidentes y otros motivos de zozobra para un estado que no era tan fuerte como se dice: porque la misma guerra de Granada reveló debilidades grandes y de todo género. Mas sigamos con la Inquisición.

Influencias místicas y filosóficas

Las causas contra los judíos registradas en el catálogo de la Inquisición de Toledo llegan a la época de Felipe V con bastante regularidad y son hasta mil noventa y dos por lo menos. Las de los moriscos no son sino doscientas treinta y cuatro, incluyendo algunas de moros residentes en la jurisdicción, incluso posteriores a la expulsión y las de renegados y gentes a las que acusó de mahometizar, venidas de Grecia sobre todo y que resultaron exentas de sospecha.
Las causas aumentan de 1550 en adelante con Felipe II. No hay que buscar en ellas personas destacadas por su cultura o su fortuna, como en el caso de los judaizantes. Saldrá algún maestro de obras, algún alcaide de lugar puesto por un noble, algún alguacil. Los más son labradores, jornaleros, menestrales y pequeños tenderos de aceite y de especias. Entre los menestrales aparecen alfareros, zapateros, curtidores, pelaires, caldereros, carpinteros, albañiles. alarifes, panaderos, cerrajeros, herreros, cardadores, hiladores y tratantes en seda. También hay azacanes y aguadores. Entre las mujeres, alguna costurera; Por ultimo, arrieros y carreteros. Estos «transportistas» de la época provocan mucha inquietud, como va indicado, por su posible condición de espías y agentes de potencias enemigas. El catálogo de causas de la Inquisición de Cuenca da referencias parecidas, pero también registra procesos de gente más enigmática, que han sido estudiados y otros que seria necesario examinar detalladamente.
En los fondos de Zaragoza y Valencia también se han hecho sondeos pero el cuadro que da Toledo es el básico. Los moriscos, como tales, han producido mayor interés a los historiadores políticos y económicos o a los de la literatura que a los de las ideas religiosas y filosóficas. Menéndez Pelayo que escribió acerca de los moriscos con más serenidad que en otros casos, se refirió a los «desdichados restos de la morisma española» al tratar de la literatura aljamiada.

Sin embargo, hoy parece esta más estimable y hay que aceptar, además, que ha sido a través de moriscos como del Islam pasan al Cristianismo una serie de ideas místicas y filosóficas, una serie de conceptos que fueron objeto de las pacientes y a la vez geniales investigaciones de don Miguel Asín. Parece así, por ejemplo, que el movimiento de los iluminados espirituales cristianos tiene una de sus raíces por lo menos en el de los iluminados musulmanes. Otros pensamientos también.
Pero la gruesa corteza de los intereses políticos y de las apreciaciones que pueden mover a masas y grupos, dejó oculto este núcleo de ideas siempre sospechosas, para unos y otros.
Tras años y años de papeleo, de juntas, de consultas, dictámenes e informes en que los covachuelistas desplegaron una actividad que ha servido de apoyo a sinfín de eruditos, con Lea en cabeza, para escribir obras sólidas y morosas, se acabó con los moriscos y el problema con un expediente que también nos es conocido: el exilio. Fuera los malos, ¡bendita sea la «Unidad» otra vez!


Consecuencias de la expulsión

Desde el momento de la expulsión se planteó dentro de España el problema de sus efectos en la agricultura y aun en las manufacturas. La gente común creía que el mal había sido grande, pero que por encima del mal estaba la defensa de la fe y de la unidad política. Los historiadores de los países hostiles a la monarquía hablaron luego de la medida como de un acto que privó a España de seiscientas o setecientas mil personas. Estas cifras da Voltaire en el Essai sur les moeurs et /'esprit des nations.
Menos formidables tales personas -dice también- que los protestantes en Francia y más útiles. Y para subrayar la torpeza de la medida añade que Felipe III no supo hacer lo que hacían los turcos, los cuales sabían «contener» a los griegos y no les forzaban a establecerse fuera de sus dominios.
La comparación no es del todo ajustada y las cifras muy altas. Los historiadores modernos no están aún de acuerdo al calcular el número, pero los más autorizados aceptan la antigua, ya de más de 270.000 de los expulsados. También están de acuerdo en reafirmar la gravedad económica de la medida. Dado el absolutismo de los que tomaron y aplaudieron, difícil es pensar en otra solución. Una fuerza misteriosa que los griegos llamaban ananké actuó. Y hay que recordar que los mismos griegos usaban la palabra para aludir a los males que trae el Destino a los hombres, más que a los bienes; que los sufrimientos, miserias y penas y hasta las coacciones también se llamaban así. Si, la Teocracia tiene que ver con la Moral y hasta es claro que el teócrata crea que él es un instrumento de ella. Pero el hombre actual, al narrar la lucha entre el alfaquí y el inquisidor, no puede tomar parte como muchos han tomado. Tampoco contentarse con servir al aficionado a las anécdotas o al «color local» romántico. Homero dice en algún lado que al hombre le gusta divertirse con las desgracias pasadas. Si éstas son las de otro, acaso le entretienen más y pueden dar ocasión a expresar de modo libérrimo sentimientos de piedad. La piedad proyectada lejos o en términos retrospectivos, puede parecerse a la mala retórica, pero como un sentimiento vivo que nos hace llorar siempre el sino desgraciado del hombre sobre la tierra, es fundamental y el historiador ha de cultivarlo contando con sus recursos. Tristes y enormes recursos.

 

© Julio Caro Baroja
Antropólogo


 

 

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